miércoles, 10 de abril de 2019

1780 (X 10/4/19) Dulce Muerte

No nos referimos ahora a la eutanasia de la que hablábamos ayer sino a la muerte natural. Intentaré escandalizaros diciendo que el miedo a la muerte, al tabú, para mí no es biológico sino cultural, no es genético sino aprendido, inducido. Más aún, manipulado y aprovechado por el poder, sobre todo el político, y más aún el religioso, para amedrentarnos y hacernos sumisos, que es de lo que viven ellos. Porque, digo yo, qué más natural que la muerte natural? Cómo puede amedrentarnos algo que va en nuestra naturaleza y por lo tanto debemos asumir con naturalidad? Yo imagino que la muerte será dulce, cálida si es en invierno, fresca si es en verano, como las fuentes de Berceo, y que no debo por tanto rechazar ese encuentro que no procuro pero que tampoco temo.
    En otras partes de este blog, vide vga. la nº 999 del 29/12/14: La eterna juventud, hemos intentado explicar la necesidad y conveniencia de la muerte. Los argumentos son múltiples y variados. Así, porque si no muriéramos nunca
       terminaríamos no cabiendo en esta Tierra,
       nos faltarían recursos alimentarios,
       sin cambios generacionales no podríamos desarrollarnos ni evolucionar,
   la inmortalidad la necesitamos como especie pero no como individuos (más aún, ambas son incompatibles),
     novare aut perire, "renovarse o perecer", aunque mejor sería decir perire ut novare, porque "hay que morir para poder regenerarse". Remedando los ciclos vegetales, en los enterramientos humanos inhumamos los cadáveres-semillas para que la especie pueda reproducirse en próximas primaveras.
       Los dioses nos envidian porque somos mortales. Y es sólo por ser mortales por lo que podemos vivir apasionadamente. Los sacrificios humanos tenían como objetivo la inmortalidad (de la especie). Siendo inmortales, sólo habría tedio y aburrimiento. Y valdría la pena vivir sin entusiasmo? Yo me he atrevido a escribir que si en los mitos griegos Zeus copula tanto, como un desesperado, es porque sabe que un vástago suyo acabará con él, y el Padre de los dioses provoca afanosamente engendrarlo para ser asesinado (sacrificado) y de este modo emular a los humanos. Porque los dioses "inmortales" están muertos, pues son puros conceptos, sin vida, mientras que los humanos, muriendo, la muerte nos hace inmortales (repito, como especie).
      En Delos, la isla donde nació Apolo, no podía morir nadie. Estaba prohibido. Los muertos se enterraban extra muros, declarando así a la muerte fuera de la ley (fuera de la ciudad). Y desde entonces, y mucho más con las religiones monoteístas, temblamos ante ella. Negándola, nos sometimos fatalmente a ella. Pero no siempre fue así. Por el contrario nuestros ancestros veían la muerte como origen de la vida. Ya hemos asociado el enterramiento como un remedo del ciclo vegetal, inhumando al cadáver-semilla para que se pueda reproducir en otros miembros de la propia especie, como hacen las plantas todas las primaveras. Y dado que los egipcios se mantuvieron fieles a las viejas tradiciones, no sólo celebraban la ceremonia de la sed del faraón (muerte simulada durante unos días) sino que concentraban su atención en los muertos, especialmente en el faraón, quien encarnaba la representación de su pueblo, para asegurar la protección y la reproducción de los vivos. La asociación con el mundo vegetal puede verse en las pinturas de las tumbas de los faraones donde proliferaban toda suerte de plantas y semillas. Osiris mismo no era una representación del trigo, él era el mismo trigo. Por eso su tumba era un cuenco de cereales. (Sobre la evolución de la tumba a templo podéis ver la entrada nº 686 del 16/5/13.)
En cuanto a la representación de la Muerte con una guadaña, la alegoría nos parece correcta. Porque, dicho lo que se ha expuesto en el párrafo anterior, se entiende su representación con el instrumento adecuado para recoger la cosecha. Por otra parte es conocida la relación entre Eros y Thanatos. Pues bien, confirmando esta asociación, Príapo (el daimón Pene objeto de culto) cultiva huertos y porta guadaña (para la cosecha). Lo que da fe, o al menos nos enseña, que la muerte no es estéril sino todo lo contrario, fértil y fecundadora.

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