sábado, 5 de diciembre de 2015

1123 (S 5/12/15) La eficacia de la estupidez (inducida)

Un tema central de la economía, de cualquier economía, es el de “la división del trabajo”. Aparte de que el asunto lo tocara ya Platón, el que acuñó este término fue Adam Smith para quien la especialización en las distintas fases de una tarea común conlleva una mayor habilidad y destreza en quien lo practica, aumenta considerablemente la productividad por el ahorro de tiempo en el proceso de producción y fomenta la invención de nuevas máquinas y tecnología. Smith calculó que la fabricación de alfileres por un solo operario no podría pasar de 100 al día mientras que dividiendo ese proceso en las fases convenientes podría fabricar hasta 10.000. Y ahí están las abejas, las hormigas…

                               PARTE I, mi apreciación del tema “la división del trabajo”

    Superando la etapa en que cada uno producíamos lo que necesitábamos, al especializarnos en distintas tareas pudimos disfrutar de muchas más cosas en mayores cantidades (y de mejor calidad también), y así el flautista podía alegrar los oídos del agricultor que aumentaría su cosecha con la máquina que otro vecino inventó, etc.etc. Por no hablar de los roles sociales que la especialización trajo consigo. El tema sedujo a autores como Spencer, Taylor…, en otra línea a Marx, David Ricardo… y en su aplicación práctica a Ford que en la fabricación de sus coches utilizó la producción en gran escala que Chaplin parodiaría en Tiempos Modernos, donde el operario que sólo aprieta tornillos con la llave inglesa al salir de la fábrica sigue apretando botones en la chaqueta del primero que se encuentra.
Para evitar rebeldías, Skinner (1904/1990), el padre de la teoría conductista, con la intención de poner contento al personal, desarrolló en su ficción Walden II una teoría sobre la felicidad de los trabajadores manipulando su psicología. No culminó su teoría ensayando sus hipótesis sobre cobayas humanas, como le hubiera gustado. Huxley lo remató.
       Bueno, al grano. Lo que me interesa aquí del tema es constatar que la eficacia se incrementa al aumentar la estupidez y que  el operario mejora su trabajo cuanto menos se lo cuestiona, con el embrutecimiento consiguiente, por lo que los gobernantes, religiosos y empresarios, recelan de cualquier intento de autocrítica que permitiera al susodicho plantearse qué diablos hace y qué consigue, fuera del salario de supervivencia, en su rutina diaria.
      Más aún, esos mismos gobernantes, religiosos y empresarios, han tenido siempre el máximo interés en que la clase indigente se componga de familias numerosas, que les proveerán de súbditos (con sus impuestos), fieles (proselitismo vegetativo) y mano de obra (tanto más barata cuanto mayor sea la demanda de trabajo) que serán tanto productores como consumidores.
       Pero…
                         Parte II, versión de Tim Flannery sobre el mismo tema

       …el estrangulamiento excesivo, estrujando al personal más allá del límite soportable, puede resultar peligroso. Porque los que menos tienen, menos tienen que perder y de ahí la proporcionalidad directa entre indigencia y delincuencia. El anciano, el enfermo terminal, el indigente, tienen más interés en la satisfacción inmediata que en otra recompensa mayor pero diferida en un tiempo del que ya no se fían, prefieren el corto al largo plazo. De ahí que los embarazos aumenten en tiempos de guerra, Eros y Thánatos, por el acicate del peligro. Pues a medida que disminuyen nuestras perspectivas aumenta el poder de nuestros genes egoístas sobre los memes culturales.

        Hale, a pensar. Ahí queda eso.

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