Primero
fue la burbuja inmobiliaria (efecto de la ley de Aznar liberando el
suelo), luego la financiera (efecto de la corrupción política de las
Cajas), ahora las autopistas: Siete han entrado ya en concurso de
acreedores (pronto les seguirán dos más). Todas ellas fueron realizadas durante
el gobierno de Aznar. (Lo siento, no es empecinamiento, son datos, puros datos,
que queremos comentar: )
Que sobredimensionaran la construcción
desenfrenada por encima de sus posibilidades es imputable a ellos
(políticos, empresas constructoras, bancos financiadores…), y no a los
ciudadanos de a pie que difícilmente podían idear ni financiar las obras
faraónicas que a los prebostes les gustaba inaugurar.
Que se inflara la burbuja financiera
endosándose entre ellos hipotecas basuras, financiando faustos faraónicos,
estafando a sus decenas de miles de clientes sus ahorros con los bonos
“preferentes” y otras gaitas, como en Galicia, y malgastando los recursos de
las Cajas en financiaciones ilegales y expolios de sus fondos (los casos más virulentos
fueron los gobiernos de Madrid y
Valencia, de Aguirre y de Camps, los dos del PP) sustituyendo a gerentes
profesionales por secuaces políticos corrompidos sin profesionalidad, o sea por
encima de sus posibilidades, es imputable a ellos (políticos, empresas
constructoras, bancos financiadores…), y no a los ciudadanos de a pie que
difícilmente podían idear ni financiar las obras faraónicas que a los prebostes
les gustaba inaugurar.
Que se construyeran autopistas gigantescas totalmente
innecesarias, inflando las previsiones de tráfico (tres veces
superiores al tráfico real) para justificar un movimiento de fondos que se
repartirían entre ellos, políticos y constructores, a fin de enriquecerse
personalmente con las comisiones (cohecho) y financiar ilegalmente a sus
partidos, sí que tenía sentido, pero no para el tráfico rodante sino para que
rodara el dinero que se habrían de repartir. Qué importa que ahora haya que
nacionalizarlas? (4.000 millones del ala, sólo para empezar, más lo que cueste
su mantenimiento para nada), que sus pérdidas las tengan que cubrir ahora con
impuestos de los ciudadanos, los que no tienen posibilidades? El objetivo de
las obras no era que sirvieran para algo sino para poder formalizar expedientes
de gastos que en gran parte fueron a sus bolsillos. Y esos gastos fastuosos, de
nuevo, por encima de nuestras posibilidades (y necesidades), eran imputables a
ellos (políticos, empresas constructoras, bancos financiadores…) y no a los
ciudadanos de a pie que difícilmente podían idear ni financiar las obras
faraónicas que a los prebostes les gustaba inaugurar.
Pero que encima, como suelen hacer con
todo, estos cabrones atribuyan las culpas al pueblo, a la masa laboral, por
“gastar por encima de sus posibilidades”, manda huevos, es algo que se lo
tendríamos que hacer tragar.


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