La
rotundidad en sus tesis con que pueden pronunciarse las ciencias naturales (o
exactas, como la física, química, matemáticas…), su formulación matemática y su
capacidad de predecir datos futuros en función de los ya conocidos, es algo que
parecen envidiar las ciencias sociales (o humanas, como la filosofía,
psicología, sociología, economía, antropología…, a debate la medicina) que se
empeñan en emular las conclusiones de las ciencias objetivas.
Que no pueda predecirse algo en lo que participa el ser humano, dada su libertad y capacidad de contradecirse, no le da superioridad a las ciencias físicas sobre las ciencias sociales, sino todo lo contrario, pero ah! amigos, eso
de poder expresarse en algoritmos y fórmulas
matemáticas es algo que las ciencias sociales no les perdonan y quieren
emularlas del modo más ridículo. Un magnífico ejemplo de reduccionismo
newtoniano se puede encontrar en la materia Geografía Humana que, al no ser física, desbarra en disparates supinos como
los que pueden leerse en el libro de texto de esta asignatura de la carrera de
Antropología de la UNED. En efecto, una de las leyes básicas de esta materia,
sobre la movilidad de la población urbana se expresa en términos de la ley de
la gravitación universal (os acordáis? aquello de que la fuerza de atracción
entre dos cuerpos de masa es directamente proporcional al producto de sus masas
e inversamente proporcional al cuadrado de su distancia… Pues eso. Como si los
seres humanos fuéramos planetas deambulando por el cosmos urbanita).
Esta afición al algoritmo se ha visto
acentuada al intentar equiparar la conducta humana (sobre todo el
comportamiento mental, el cognitivo) con la función de los ordenadores. Caso de
las partidas de ajedrez. Y su más patética expresión es la de los robots que
con el tiempo intentarán que lleguen a sentir emociones, lo que incluye
enamorarse.


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