Dos gritos
Lo malo del Sur
(Texto de Adolfo García Ortega)
Soy del sur y empieza a preocuparme ser europeo de segunda. Hemos de analizar nuestras carencias, sin autoengaño ni autocompasión.
En nuestro entorno periférico vemos que Chipre, invisible hasta ahora,
era un paraíso fiscal, gobernado por unos políticos incompetentes y/o dañinos. Que
Grecia poseía una hipertrofia administrativa, una astronómica evasión de
capitales, un descontrol de gastos e impuestos, más unos políticos
incompetentes y/o dañinos. Que en Italia a la vista está el populismo y la
mezquindad de sus políticos incompetentes y/o dañinos. Que en Portugal una
pésima gestión de su economía ha propiciado su quiebra. Que la misteriosa Malta
ha sido rescatada con sigilo. Que España ha despertado sabiéndose corrupta por
todas partes, con variantes regionales: despilfarro a la valenciana, torpeza
permanente a la catalana, cinismo cerril a la madrileña, afanamiento a la
andaluza, etcétera.
Hay en el sur un analfabetismo cultural muy superior al del norte. Una conciencia colectiva de que es mejor mirar que leer, mejor esperar que actuar. Una cultura de la picaresca para todo. Picaresca en el comercio, en las transacciones; picaresca en la chapuza, en la falta de rigor, en la falta de accountability, de “rendimiento de cuentas”.
Y
no olvidemos la influencia nefasta de las iglesias, la católica y la ortodoxa.
En los países del sur, la Iglesia ha subvertido el sentido de justicia y
solidaridad por el de caridad, ha adormecido las mentes, inculcado el miedo y
el castigo y ha creado conciencias anuladas, hipnotizadas. No es poca la
influencia negativa que la religión ha tenido en el sur, históricamente, en
cuestiones de injusticia social y división de clases.
Tampoco hay que
obviar el hecho de que el sur haya pasado por épocas de largas dictaduras, a
veces coincidentes. Las dictaduras generan hipernacionalismo, grandes
corporativismos funcionariales en las instituciones y un enorme culto al
procedimiento burocrático, que lo paraliza todo. De esa herencia todavía se
resienten los países del sur. Más una clase
política que se ha ido anquilosando, salvo contadas excepciones, en una
democracia formalista, de partidos que ya han perdido una gran parte de su
credibilidad para gobernar. No convencen de su limpieza y transparencia, y cada
vez más se demuestra judicialmente —o sea, a la fuerza— la connivencia de
muchos políticos con un universo de estafas, concesiones, beneficios torticeros
a empresas, abusos y expolios de la hacienda pública. El clientelismo como
subsistema social.
En consecuencia,
de todos estos males procede la imagen del sur como ámbito poco de fiar. Toca
hacer autocrítica sobre quiénes somos, cómo somos y qué deriva llevamos. Menos toros y procesiones y más ciencia. Pero el sur no se
siente sur. Siempre hay un sur más abajo.
La iglesia de los pobres
(el
texto es de Maruja Torres)
El papa Francisco hizo muy santamente al recibir tan
pronto a Mariano Rajoy el Protoplasma. Como abanderado de los pobres e
interesados en convertir a la Iglesia en su defensora, era lógico que abrazara,
presuroso, a uno de los gobernantes que más han hecho por empobrecer a un país
entero con éxito absoluto, poniendo a disposición vaticana una amplia gama de
indigentes.
Dirán
ustedes que, puesto a premiar con audiencias a los principales empobrecedores
de España, el Vaticano habría tenido que abrirse antes a los banqueros, a los
vendedores de preferentes e incluso, si se me apura, a la Merkel y a los de la
Comisión Europea, sin olvidar al gran divo Mario del Draghi ni a la pija
picuda madame Lagarde. Compréndanlo, ninguno de ellos reunía
uno de los requisitos más apreciados, ninguno de ellos va a cambiar la
legislación sobre la interrupción del embarazo, para que sus compatriotas
retrocedan unos tres decenios. Y esas cosas son de agradecer, sobre todo por un
Francisco que acaba de ratificar la condena de ex B-16 contra las monjas
progresistas estadounidenses, a las que descalifican por feministas.
Quizá
don Mariano le susurró al oído que sus fuerzas de choque parlamentarias se
disponían también a sancionar una ley de desahucio especial para que nada
cambie y todo siga igual, es decir, para que aumenten los pobres sin techo, y
el Papa pueda así extender a ellos su fraternal compasión. Eso explicaría que
Francisco (no puedo evitarlo, cada vez que escribo su nombre se me aparece su
tocayo, el cantante, atacando el himno de Valencia) aceptara con su bella
sonrisa campechana la camiseta de La Roja, que digo yo que podrían haberla
rebautizado La Encarnada, para no ofender a su santidad. Solo nos falta que el
Pontífice reciba al dueño de Pescanova. Y a la Pantoja.


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