Citas para un remache
Soledad
Gallego Díaz, en
Instalados
en una manera miserable de ver las cosas, critica la política económica del Gobierno
afirmando que es posible que el presidente del Gobierno
simplemente no sea capaz de hacer otro tipo de análisis, ni de valorar la
realidad de otra manera. Si uno examina con un poco de cuidado su trayectoria,
se puede constatar que esa ha sido su única y exclusiva manera de actuar: la
acumulación de trámites. El presidente cree que si no acepta conferencias de
prensa, si no responde preguntas, si se esconde y se limita a leer discursos llenos
de confusiones y engaños, podrá sobrevivir hasta el próximo periodo
electoral y que entonces, con unos pequeños ajustes y unas pequeñas cifras, los
ciudadanos, instalados ya en esa estable y miserable manera de ver las cosas,
le permitirán seguir otros cuatro años.
Maruja Torres, en Escrache y
represión, Primero se quedaron con la
democracia, luego fueron a por el país, y más tarde, aprovechando que sus
propias leyes y cortapisas les favorecían, se agarraron a la impunidad.
No contentos con ello, cuando gente indignada –nunca la suficiente, pero sí la
bastante para empezar a levantar cabeza– les afeó en la cara su comportamiento,
haciéndoles escrache, a esa gente la
llamaron fascista, ellos, que vienen de una buena cepa, y la llamaron pro-ETA,
ellos, que creen que la libertad es un reloj de cuco que solo asoma cuando le
dan cuerda desde la superioridad. Les acusaron de “violencia agresiva”, y
acusaron a los partidos habituales de instigarla. Por consiguiente, les
mandaron a la policía, que además de ser suya es budista y practica la no
violencia. Detalle, este último, que indignados de toda edad y condición ya
conocían, en sus propias carnes, de encuentros anteriores con los
antidisturbios... Cuando un cuerpo social se descompone, quiero decir cuando
pierde la compostura, se le van cayendo las máscaras, y eso ocurre con el
partido en el Gobierno y sus títeres. Pero hay un disfraz que nunca les falta,
que no desaparece: el de la calumnia, el de las palabras… Por cierto, me encanta el escrache.
En una
editorial El Pais, Austeridad
inconstitucional, expresa su opinión sobre las políticas (económicas) aplicadas en la periferia de
Europa en el sentido de que agotan las posibilidades de recuperación económica
al tiempo que violan fundamentos esenciales de los acuerdos sociales en que se
basan sus Estados. Los recortes de gasto público no sólo no aportan los
resultados pretendidos de saneamiento de las finanzas públicas, sino que
profundizan la recesión y el aumento del desempleo de economías como la
española, la italiana o la portuguesa. Son los recortes en las pensiones y en los
salarios de los empleados públicos los que violan el ordenamiento
constitucional… Las tensiones políticas y sociales volverán al primer
lugar de la escena en un país literalmente diezmado... Queda establecido un
precedente que cuestiona la legitimidad política de esos propósitos absurdos.
Paul Krugman remacha
la oposición a la política económica austérica
enfatizando un matiz religioso: en tiempos de recesión hay que dejar a la
situación económica que se recupere por sí misma…, porque “los estímulos económicos
artificiales dejan sin terminar una parte del trabajo de la depresión”. Los
términos “culpa” y “castigo” abundan en su terminología, negándose a
aceptar la realidad del acierto de las medidas monetarias tomadas en USA contra la recesión del 29 o la más
reciente de la Reserva Federal que ha “multiplicado por más de tres sus
balances generales, manteniendo la inflación en menos del 2 %.” Realmente, “aunque
hayamos acumulado una deuda exterior considerable (pero no tan grande como
muchos imaginan), el aumento de la deuda refleja principalmente el hecho de que
los estadounidenses se han estado prestando dinero entre ellos, lo que no
convierte en pobre al país en su conjunto, ni exige que, colectivamente,
gastemos menos… Necesitamos estímulos monetarios y fiscales, a fin de animar a
quienes no estén excesivamente endeudados a que gasten más… Convertir nuestros
problemas en un cuento con moraleja de pecado y castigo contribuye a
condenarnos a una depresión más larga y profunda”.
Josep Ramoneda, en La justicia y la
política inexistente, se pregunta dónde está el Gobierno ante el escenario de crisis? En la comparecencia televisada de Mariano Rajoy ante la
Junta Directiva de su partido, instalado en su peculiar idea posdemocrática de
la comunicación política, el presidente habló, según costumbre, desde la
comodidad del monólogo, sin dar opción a los periodistas ni a nadie para que no
perturbaran su guión. Y dejó principalmente tres mensajes: un triunfalismo que
solo puede entenderse como insensibilidad para con la gente, la obstinación en
las políticas emprendidas y la apelación a la unidad del partido. Sobre la
fractura social pasó de puntillas, utilizando el escrache como escudo, como si el problema fuera la protesta y no
los abusos, la desigualdad y la marginación. Sobre la corrupción habló en
pasado, cuando todavía debe las explicaciones sobre Bárcenas. Y sobre la crisis
de Estado se limitó al sonsonete que bloquea cualquier diálogo político: “Si
alguien quiere cambiar la ley, ya sabe lo que tiene que hacer, cuál es el
mecanismo”. Rajoy a lo suyo: él y su partido, como si los demás actores
políticos y sociales, empezando por los ciudadanos, no existieran. El ninguneo
que Rajoy practica con los periodistas y los ciudadanos expresa su
manera de entender la política. La aceptación de la cultura de mercado como
horizonte absoluto de nuestro tiempo ha drenado el discurso público de toda
energía moral y cívica. Rajoy es un político muy moderno: es el político sin
alma que corresponde a este estadio del desarrollo del capitalismo europeo. Es
la política inexistente.




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