jueves, 11 de abril de 2013

651 (J 11/4/13) Y si Rajoy fuera un dron de Merkel?


Y si Rajoy fuera un dron de Merkel?
(O la justificación del escrache)
          (Los drones son aviones sin piloto, teledirigidos, que no fallan el disparo cuando se  les utiliza para matar a quien sea, impunemente.)
           Se dictan las normas desde Bruselas, o desde Berlín, y se eligen unos cuantos drones para llevarlas a cabo. ¿Es, pues, un dron Mariano Rajoy teledirigido por Bruselas o por Angela Merkel?, se pregunta José María Izquierdo. Refuerza su impresión el hecho de que el presidente habla lo mismo que cualquier dron que se precie: nada. Silencio. Actúa pero no explica. Golpea, pero no se disculpa. Y pueden los drones ayudarse con otros dronitos/dronitas? Montoro, Báñez, Guindos, Wert, Mato…?
Los drones no ven a quien asesinan. No tienen que registrar el gesto de angustia de esa madre a la que arrancas el futuro mientras mira a sus hijos en el momento en el que han de abandonar la casa que hasta hace unas horas era su hogar. O la de la anciana que se queda sin ayuda para la dependencia. ¿Demagogia? ¿Sensiblería? Sí, puede ser, pero aún es menos de la necesaria para compensar la desvergüenza de quienes adoptan los procedimientos de los drones: destruirlo todo sin que se te manchen las manos. Es la cobardía de quienes se ríen de sus ciudadanos, como este Gobierno dispuesto a aprobar una reforma de las hipotecas a sabiendas de que no resuelve absolutamente nada. Obscenos.
             ¿Hay respuesta frente a tan sofisticados artefactos?
            ¿Escrache, dicen? Por favor, no tengan el descaro desde el partido en el poder de dar lecciones de respeto, ellos que durante años se han servido del insulto y el menosprecio, incluso de las tácticas más infames para dañar a quienes entonces gobernaban, alzados y acompañados por una prensa sumisa a sus intereses, pero insultante, vociferante, infame, ignominiosa y mentirosa cuando se trata de atacar al otro. No tenemos defensa, ni otra respuesta que la de ponerles cara y ojos, y pestañas, nariz, cejas, labios, mentón, carrillos y orejas a los responsables. Y nombre. Sobre todo nombre. Esos políticos, esos banqueros, esos corruptos. Sabemos cómo se llaman y qué cara tienen. Con eso es suficiente. Nos sobra saber dónde viven. Así que tendremos que hacerles saber a nuestros “patricios” que les conocemos, que sabemos quiénes son y que somos conscientes de sus desmanes, de su procacidad, de su impudicia.
            No creamos a quien nos traigan la monserga de un mal entendido respeto al resultado de las urnas, traducido en que nadie puede decir ni mu entre votación y votación cada cuatro años. A depositar la papeleta y a callar. Pues no, en absoluto.
            El marcaje público al dron puede ser un buen inicio: ¿Qué les amargaremos la cena? Pues qué le vamos a hacer: es lo mínimo que les corresponde por haber amargado la vida a esos millones de ciudadanos de los que desconocen sus nombres, ni saben dónde viven —o vivían—, ni de qué trabajan —o trabajaban—. Tan distinguidas personalidades no querrán, además, que sus víctimas les vitoreen: si oyen un grito resonante, lo más probable es que sea un insulto.

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