Y si Rajoy fuera un dron de Merkel?
(O
la justificación del escrache)
(Los drones son aviones sin piloto,
teledirigidos, que no fallan el disparo cuando se les utiliza para matar a quien sea,
impunemente.)
Se dictan
las normas desde Bruselas, o desde Berlín, y se eligen unos cuantos drones para llevarlas a cabo. ¿Es, pues, un dron Mariano Rajoy teledirigido por
Bruselas o por Angela Merkel?, se pregunta José
María Izquierdo. Refuerza su impresión el hecho de que el presidente habla
lo mismo que cualquier dron que se precie: nada. Silencio. Actúa
pero no explica. Golpea, pero no se disculpa. Y pueden los drones ayudarse con otros dronitos/dronitas? Montoro,
Báñez, Guindos, Wert, Mato…?
Los
drones no ven a quien asesinan. No tienen que registrar el gesto de
angustia de esa madre a la que arrancas el futuro mientras mira a sus hijos en
el momento en el que han de abandonar la casa que hasta hace unas horas era su
hogar. O la de la anciana que se queda sin ayuda para la dependencia.
¿Demagogia? ¿Sensiblería? Sí, puede ser, pero aún es menos de la necesaria para
compensar la desvergüenza de quienes adoptan los procedimientos de los drones: destruirlo todo sin
que se te manchen las manos. Es la cobardía de quienes se ríen de sus
ciudadanos, como este Gobierno dispuesto a aprobar una reforma de las hipotecas
a sabiendas de que no resuelve absolutamente nada. Obscenos.
¿Hay
respuesta frente a tan sofisticados artefactos?
¿Escrache,
dicen? Por favor, no tengan el descaro desde el partido en el poder de dar
lecciones de respeto, ellos que durante años se han servido del insulto y el
menosprecio, incluso de las tácticas más infames para dañar a quienes entonces
gobernaban, alzados y acompañados por una prensa sumisa a sus intereses, pero
insultante, vociferante, infame, ignominiosa y mentirosa cuando se trata de
atacar al otro. No tenemos defensa, ni otra respuesta que la de ponerles cara y
ojos, y pestañas, nariz, cejas, labios, mentón, carrillos y orejas a los
responsables. Y nombre. Sobre todo nombre. Esos políticos, esos banqueros, esos
corruptos. Sabemos cómo se llaman y qué cara tienen. Con eso es suficiente. Nos
sobra saber dónde viven. Así que tendremos que hacerles saber a nuestros “patricios”
que les conocemos, que sabemos quiénes son y que somos conscientes de sus
desmanes, de su procacidad, de su impudicia.
No creamos
a quien nos traigan la monserga de un mal entendido respeto al resultado de las
urnas, traducido en que nadie puede decir ni mu entre votación y votación cada cuatro años. A depositar la
papeleta y a callar. Pues no, en absoluto.
El marcaje
público al dron puede
ser un buen inicio: ¿Qué les amargaremos la cena? Pues qué le vamos a hacer: es
lo mínimo que les corresponde por haber amargado la vida a esos millones de
ciudadanos de los que desconocen sus nombres, ni saben dónde viven —o vivían—,
ni de qué trabajan —o trabajaban—. Tan distinguidas personalidades no querrán,
además, que sus víctimas les vitoreen: si oyen un grito resonante, lo más
probable es que sea un insulto.


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