miércoles, 10 de abril de 2013

650 (X 10/4/13) Justificando lo injustificable


Justificando lo injustificable
LuisGé Martín, en La fórmula de Blackstone, denuncia las grietas de miseria moral e insolidaridad que resquebrajan hoy la sociedad española. Y para ello se refiere a Blacktone que prefería cien culpables libres antes que un solo inocente preso, pues el daño moral que una sociedad se inflige condenando a un ciudadano inocente es mucho mayor que el beneficio que obtiene encarcelando a cien delincuentes. Es necio tomar medidas generales por casos excepcionales, que sólo sirven de excusa para implantar un sistema o una ideología.
            Y así, los voceros del gobierno, con su comparsa, dicen que si se cambian las leyes hipotecarias para beneficiar al que no ha pagado, todo el mundo querrá dejar de pagar: hacerlo, en consecuencia, sería tanto como premiar el fracaso, la pereza o la incompetencia. Dicen también que hay que encarecer las tasas judiciales porque en España somos muy dados a pleitear y es necesario establecer normas disuasorias para que sólo lo hagan quienes de verdad tienen un conflicto real y serio. Dicen que es preciso aumentar el porcentaje que se paga en el precio de los medicamentos o implantar una tasa fija en cada receta porque al parecer el consumo farmacéutico es muy elevado y hay que educar a los que abusan. En materia laboral, han llegado a proponer que se desincentive el paro, para no fomentar la holgazanería, y hay quienes no contratarían a un parado de larga duración por los “malos hábitos” que puede haber adquirido, “incluyendo el de no trabajar”. El mismo Rajoy justificó en julio pasado la reducción progresiva de la prestación alegando que así se estimularía la búsqueda de trabajo. En otras palabras, que el Estado del bienestar nos malcría. Hace falta mala fe, ignorancia, necedad o mala leche para sostener que los beneficiarios del Estado del bienestar son parásitos que no saben hacer otra cosa. Es de necios o de canallas afirmar que en la sociedad en la que vivimos cada uno puede alcanzar lo que merece y que por lo tanto solo necesitan el auxilio público los gandules y los mediocres. Resulta fascinante que los más piadosos en el templo coincidan con los más justicieros en la vida.
            Esta es una pura y dura ideología de la rentabilidad. No hay comportamientos éticos, sino cuentas de resultados. No hay servicios públicos, sino empresas mercantiles. Por eso los ultraliberales, que defienden el enflaquecimiento anoréxico del Estado, no hablan casi nunca de justicia sino de eficiencia, término que, degradado, se utiliza de un modo obsceno en los últimos tiempos. Por supuesto que hay que erradicar el fraude y educar a los ciudadanos en el uso razonable de los recursos públicos. Pero una sociedad que piensa obsesivamente en los culpables libres antes que en los inocentes presos es una sociedad perversa y gangrenada. Una sociedad sin porvenir.

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