Justificando lo injustificable
LuisGé Martín, en La fórmula
de Blackstone, denuncia las grietas de miseria moral e
insolidaridad que resquebrajan hoy la sociedad española. Y para ello se refiere
a Blacktone que prefería cien culpables libres antes que un solo inocente
preso, pues el daño moral que una sociedad se inflige condenando a un ciudadano
inocente es mucho mayor que el beneficio que obtiene encarcelando a cien
delincuentes. Es necio tomar medidas generales por casos excepcionales, que sólo
sirven de excusa para implantar un sistema o una ideología.
Y así, los
voceros del gobierno, con su comparsa, dicen que si se cambian las leyes
hipotecarias para beneficiar al que no ha pagado, todo el mundo querrá dejar de
pagar: hacerlo, en consecuencia, sería tanto como premiar el fracaso, la pereza
o la incompetencia. Dicen también que hay que encarecer las tasas judiciales
porque en España somos muy dados a pleitear y es necesario establecer normas
disuasorias para que sólo lo hagan quienes de verdad tienen un conflicto real y
serio. Dicen que es preciso aumentar el porcentaje que se paga en el precio de
los medicamentos o implantar una tasa fija en cada receta porque al parecer el
consumo farmacéutico es muy elevado y hay que educar a los que abusan. En
materia laboral, han llegado a proponer que se desincentive el paro, para no
fomentar la holgazanería, y hay quienes no contratarían a un parado de larga
duración por los “malos hábitos” que puede haber adquirido, “incluyendo el de
no trabajar”. El mismo Rajoy justificó en julio pasado la reducción progresiva
de la prestación alegando que así se estimularía la búsqueda de trabajo. En
otras palabras, que el Estado del bienestar nos malcría. Hace falta mala fe,
ignorancia, necedad o mala leche para sostener que los beneficiarios del Estado del bienestar son
parásitos que no saben hacer otra cosa. Es de necios o
de canallas afirmar que en la sociedad en la que vivimos cada uno puede
alcanzar lo que merece y que por lo tanto solo necesitan el auxilio público los
gandules y los mediocres. Resulta fascinante que los más piadosos en el templo
coincidan con los más justicieros en la vida.
Esta es
una pura y dura ideología de la rentabilidad. No hay comportamientos éticos,
sino cuentas de resultados. No hay servicios públicos, sino empresas
mercantiles. Por eso los ultraliberales, que defienden el enflaquecimiento
anoréxico del Estado, no hablan casi nunca de justicia sino de eficiencia, término
que, degradado, se utiliza de un modo obsceno en los últimos tiempos. Por supuesto que
hay que erradicar el fraude y educar a los ciudadanos en el uso razonable de
los recursos públicos. Pero una sociedad que piensa obsesivamente en los
culpables libres antes que en los inocentes presos es una sociedad perversa y
gangrenada. Una sociedad sin porvenir.

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