martes, 9 de abril de 2013

649 (M 9/4/13) Apesta

Apesta
Por los cuatro costados. La pituitaria nos sirve de alerta para avisarnos que algo extraño, por el olor, puede amenazarnos. Una vez cumplida su función, lo normal es que se inhiba. Por eso los que viven junto a fábricas de azufre o de seda terminan acostumbrándose y con el tiempo dejan de percibir esa molestia. Por eso nuestros flatos y sudores no nos resultan molestos.
            Pero qué decir de las heces que nos llegan al cuello cuya peste nos rodea impregnándonos la nariz, el ambiente, las ropas, hasta en la más recóndita intimidad, y que ya más que peste es una pandemia? Se acrecienta con el tiempo, y a este paso nos vamos a olvidar de los gratos olores que disfrutábamos con los perfumes, el campo en primavera, la tierra mojada o las hierbas aromáticas. Porque si queremos cubrir esta peste con colonias (retórica, obviedades, eufemismos...), olerá peor todavía.
            Los enfermos huelen. Los políticos hieden. Y ya también la sociedad, enferma, empieza a oler. Mal, muy mal.
Manuel Vicent afirma en un artículo de prensa,  Aire limpio, que hasta el tejido social se halla profundamente contaminado. La prensa, la radio y la televisión bombean a la superficie de forma continua e inagotable la basura de la corrupción política y su insoportable hedor lo huele el panadero que fabrica el pan, el marinero que trae el pescado a puerto, el labrador que siembra las semillas, el camionero que transporta mercancías, los escolares que llegan con sus cargadas mochilas al colegio, los médicos que curan en los hospitales, las cajeras que cobran en los supermercados, los periodistas que elaboran las noticias, los carniceros, los ebanistas, las secretarias, los fontaneros, que cumplen con su deber. Como una lluvia ácida la corrupción se desprende desde la política sobre cualquier orden moral de la vida cotidiana. ¿A qué se espera? Este país necesita urgentemente una pala que se lleve al infierno de una vez a toda esta reata de imputados y se limpie el aire para que el panadero, el carnicero, el frutero, el estudiante, el médico, el profesor, el científico, el artista, el empresario vuelvan a la diaria rutina sin que el cabreo o el desánimo envenene, contamine y corrompa su propia vida.

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