domingo, 3 de noviembre de 2019

1983 (D 3/11/19) Tres relatos, de cosas que me pasan a mí

1
Una micción estresante
Fue en el parque. Aún me quedaba media hora de camino. No me daba tiempo para llegar hasta mi casa. Así que me decidí a aliviarme entre unos arbustos, en el sendero inferior, junto a la tapia.
     Eché un vistazo para asegurarme de que nadie me veía, menuda vergüenza, cuando vi a unos cien metros detrás de mí que otro paseante se acercaba, con una zamarra roja, por el sendero de arriba. ¿Y si me conocía? Remoloneé simulando buscar algo por el suelo, cangrejos? hasta que no pudiendo aguantar más procedí a la evacuación. No me atreví a comprobar si el otro había llegado a mi altura, hasta que terminé, puf! Y cuando me volví pude ver que me miraba, joé, y si me había reconocido?
      De perdidos al río. Eché a andar hacia adelante, en busca de la puerta del parque donde confluían los dos caminos, el que yo llevaba y el de mi vecino. O sea, que no teníamos más remedio que encontrarnos. Porque acelerar el paso para llegar antes me delataría. Y retrasarlo, no venía a cuento. Reconozco que el pulso se me aceleró. No era miedo, ni siquiera temor: era pánico.
       Llegué a la puerta… y no vi a nadie! Extrañado, la curiosidad pudo más que la cautela y caminé hacia atrás con el peligro de encontrarlo de frente. Pero no. Entre unos matorrales lo vi. Estaba de espaldas, orinando.
2
Haciendo amigos
Pedí un té. Y mientras el camarero me lo servía observé a los clientes que en silencio desayunaban en la barra. En el otro extremo había alguien que me pareció reconocer, aunque tenía mis dudas porque no llevaba puestas mis gafas. No sé si fue porque él a su vez me conocía, o creyó reconocerme, o simplemente reaccionó a mi insistencia en mirarle (acto reflejo: movimiento involuntario como respuesta a un estímulo), el caso es que me saludó desde la distancia agitando la mano mientras miraba en mi dirección.
      Cuando llegó el té le pedí al camarero que se cobrara lo mío y lo del otro. Mientras lo removía pude ver que con un gesto de cabeza me agradecía la invitación.
      Cogí, pues, mi infusión y me cambié al otro lado de la barra. Al verle no recordaba su nombre, normal, porque no lo conocía de nada. Charlamos animadamente de temas triviales sin atreverme a preguntarle por temas personales. El me llamaba de usted. Me quemé con la bebida por la prisa que me daba para escapar de esa situación tan incómoda, y quedamos en que la próxima vez invitaría él.
      O sea, que no tenía ni idea de quién era aquel individuo al que invité. Y sospecho que a él le ocurrió lo mismo.
3
Otro café, quizá en el mismo bar
     Le avisé que me había dado de más en la vuelta. “Gracias”, me dijo el camarero, corrigiendo el cambio. Pero el dueño estaba delante. Así que desde entonces el camarero no quiere saber de mí y me ignora incluso cuando me sirve el café. “Estúpido”, me trasluce su gesto.

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