1
Una micción estresante
Fue en el
parque. Aún me quedaba media hora de camino. No me daba tiempo para llegar hasta
mi casa. Así que me decidí a aliviarme entre unos arbustos, en el sendero
inferior, junto a la tapia.
Eché un vistazo para asegurarme de que nadie
me veía, menuda vergüenza, cuando vi a unos cien metros detrás de mí que otro
paseante se acercaba, con una zamarra roja, por el sendero de arriba. ¿Y si me
conocía? Remoloneé simulando buscar algo por el suelo, cangrejos? hasta que no
pudiendo aguantar más procedí a la evacuación. No me atreví a comprobar si el
otro había llegado a mi altura, hasta que terminé, puf! Y cuando me volví pude
ver que me miraba, joé, y si me había reconocido?
De perdidos al río. Eché a andar hacia
adelante, en busca de la puerta del parque donde confluían los dos caminos, el
que yo llevaba y el de mi vecino. O sea, que no teníamos más remedio que
encontrarnos. Porque acelerar el paso para llegar antes me delataría. Y
retrasarlo, no venía a cuento. Reconozco que el pulso se me aceleró. No era miedo, ni siquiera temor: era pánico.
Llegué a la puerta… y no vi a nadie!
Extrañado, la curiosidad pudo más que la cautela y caminé hacia atrás con el
peligro de encontrarlo de frente. Pero no. Entre unos matorrales lo vi. Estaba
de espaldas, orinando.
2
Haciendo amigos
Pedí un té. Y mientras el camarero me
lo servía observé a los clientes que en silencio desayunaban en la barra. En el
otro extremo había alguien que me pareció reconocer, aunque tenía mis dudas
porque no llevaba puestas mis gafas. No sé si fue porque él a su vez me conocía,
o creyó reconocerme, o simplemente reaccionó a mi insistencia en mirarle (acto
reflejo: movimiento involuntario como respuesta a un estímulo), el caso es que me
saludó desde la distancia agitando la mano mientras miraba en mi dirección.
Cuando llegó el té le pedí al camarero que se cobrara lo mío y lo del
otro. Mientras lo removía pude ver que con un gesto de cabeza me agradecía la
invitación.
Cogí, pues, mi infusión y me cambié al otro lado de la barra. Al verle
no recordaba su nombre, normal, porque no lo conocía de nada. Charlamos
animadamente de temas triviales sin atreverme a preguntarle por temas personales.
El me llamaba de usted. Me quemé con la bebida por la prisa que me daba para
escapar de esa situación tan incómoda, y quedamos en que la próxima vez
invitaría él.
O sea,
que no tenía ni idea de quién era aquel individuo al que invité. Y sospecho que
a él le ocurrió lo mismo.
3
Otro café, quizá en el mismo bar
Le avisé que me había dado de más en la vuelta. “Gracias”, me dijo el
camarero, corrigiendo el cambio. Pero el dueño estaba delante. Así que desde
entonces el camarero no quiere saber de mí y me ignora incluso cuando me sirve
el café. “Estúpido”, me trasluce su gesto.
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