Ya prometía la pintada “Tarancón
al paredón” cuando la dictadura agonizaba. Brotes
insurgentes y mantras, todavía vigentes, sobre la inoportunidad de remover
heridas que ya estaban, según ellos, cicatrizadas, fueron las primeras
reacciones contra la Ley de la memoria histórica del 2007. Pero ahora, con
motivo de la exhumación de los restos del dictador y la actitud permisiva del
papa Francisco, “una sociedad no puede encarar su futuro teniendo sus muertos
escondidos”, ha resurgido la bicha del odio de la ultraderecha que llevaba más
de 40 años semiescondida.
Rouco Varela y su monaguillo Martínez
Camino predicaron que la ley de la memoria histórica era anticlerical y abría
heridas y todo eso… (cómo se notaba que sus padres y familiares más cercanos no
fueron asesinados o, si lo fueron, recibieron en su momento adecuada sepultura).
Rajoy paralizó el cumplimiento de la Ley. La cúpula episcopal de la Iglesia
católica, que apoyó durante décadas la dictadura y bendijo la masacre del 36 al
39 como Cruzada, asociaban la memoria histórica con el anticlericalismo, el
antifranquismo, y más aún, afanes de venganza contra la Iglesia católica. El
último defensor de Franco fue Braulio Rodríguez, el primado arzobispo de Toledo.
Juan Bedoya nos informa sobre las últimas pintadas
(en la Nunciatura, en la sede de la Conferencia Episcopal y hasta en la misma
catedral de la Almudena) en un artículo, El
anticlericalismo de derechas resurge, del día 24/10/19.: "Los obispos dan
asco”, "Franco vive, curas judas”, “Basílica secuestrada”, “Obispos cómplices", "Osoro judas, traidor, viva Franco”…

No hay comentarios:
Publicar un comentario