miércoles, 30 de octubre de 2019

1980 (X 30/10/19) Filosofía…? para qué?

Las ciencias sociales (filosofía, psicología, sociología, política, economía, antropología…) no pueden expresarse en leyes como lo hacen las ciencias exactas (Física, Matemáticas…) y por eso las envidian. Tanto es así que a veces incurren en la estupidez de utilizar fórmulas, números, para afianzar lo que no son más que hipótesis (lo que se llama reduccionismo), intentando vestirlas de un rigor y exactitud que ni tienen ni lo necesitan. Incluso las leyes de las ciencias exactas son también hipótesis que ceden su lugar a otras nuevas que las superan y las contradicen.
       Entre las ciencias sociales la más denostada es la filosofía.       Calificada como retórica, abstracta, pedante, así es fácil llegar a tacharla de inútil, sobre todo en tiempos en que la especialización en los estudios parece obligada si se quiere que sirvan para “encontrar trabajo”.
La aversión a la filosofía, y su menosprecio por muchos científicos, se debe a confundirla con la tomística, “esclava de la teología”, que se impuso entre los católicos (bizantina, amante de discutir por ejemplo sobre el sexo de los ángeles), o por la dificultad de lectura dada su opacidad al expresarse, como ocurre en los textos desde Kant hasta Ortega y Gasset pasando por Heidegger. (Porque los filósofos, como los científicos, escriben para sus colegas, no para el pueblo.) Por otra parte, la filosofía no da soluciones, sólo expone los problemas. E interpreta los hechos y dichos con los que se expresan.
        Un nuevo “peligro” que acosa a las ciencias sociales es el de suplantarlas con explicaciones físicas sujetas a comprobación. Un ejemplo de esto lo tenemos en las neurociencias que están desplazando a la psicología, porque explican lo que antes solamente se podía describir (sin entenderlo?). Las expresiones románticas, por ejemplo, se ven reemplazadas por explicaciones tales como la secreción de endorfinas, lo que reduce el romanticismo a un efecto químico.
     En una torpe comparación entre la Ciencia y la Filosofía, Javier Sampedro expectora este chiste tan inoportuno como incierto: la diferencia entre un científico y un filósofo, dice, es que el primero además de lápiz y papel utiliza una papelera. Y aconseja lo mismo para los filósofos, en el sentido de que nunca den por definitivos los pensamientos que se les ocurran. Sin percatarse de que el filósofo vive en la duda permanente. Uno de los más importantes filósofos, Descartes, utilizaba la duda (metódica) como origen de todo conocimiento.
    Por último la especialización a que se ve obligado el estudiante es el mejor instrumento para alcanzar la Estupidez. Pues nunca sabremos nada de nada si lo aislamos de su medio y su contexto, del conjunto global que le permite ser y reconocerse. Por eso se acude al recurso de los métodos interdisciplinares. Y por eso las Humanidades estarán siempre por encima de la Ciencia. Un buen ejemplo nos lo ofrece la figura de Leonardo da Vinci.

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