Cada vez que alguien me dice que quiere ser
sincero conmigo salgo corriendo, pies para qué os quiero. Porque sé que va a
empezar a insultarme, o a ofenderme, lo que sea, pero en ningún caso nada bueno
y que, con ese preámbulo, se considera disculpado de antemano. Aparte de que
mucha gente confunde la sinceridad con la impertinencia.
La
mentira es a veces necesaria. Además de que, sin ella, ni habríamos podido
cazar en la prehistoria ni podríamos escribir relatos de ficción o representar
obras de teatro. Algún cínico (el que suscribe, sin ir más lejos) ha llegado a
decir que la verdad es cruel y estéril, y que la mentira es fecunda y divertida
(con todas las reservas, por supuesto: no es lo mismo mentir como humorista que
engañar como un político.)
Si lo
dicho hasta ahora tiene algo de verdad, hay que añadir que la convivencia en
sociedad obliga a reprimirnos continuamente si no queremos ser molestos. Es lo
que sencillamente llamamos educación. Y si esto es verdad en la vida social,
mucho más debe aplicarse en la intimidad de la pareja. Cuando un miembro de la
pareja proclama la necesidad de no callar nada de lo que piensa, porque sólo
así será quien es, y así quiere que le quieran, no sabe lo que está diciendo.
Esa sinceridad absoluta, y malentendida, es la mejor dinamita para sabotear la
convivencia. Si tenemos que cuidar lo que decimos cuando hablamos en público,
mucho más hemos de hacerlo en nuestra intimidad. Y eso no es mentir, eso es
sencillamente respeto a los que tratamos, y cuidar con esmero los afectos que
apreciamos como se merecen.
Por
eso, como dije al principio, cuando alguien me amenaza con la sinceridad, corro
a meterme debajo de la cama.

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