Desde que Caín mató a su hermano Abel, primer asesinato que conocemos de nuestra historia, no hemos parado de zurrarnos la badana, hasta los tiempos modernos que pueden vanagloriarse de dos guerras mundiales y no menos de cien guerras permanentes, fronterizas o locales. Caín era agricultor. Matar a su hermano Abel puede ser una metáfora para decirnos que con la agricultura cancelamos una etapa cultural, la del cazador-recolector. Uno de los efectos de la agricultura y su excedente alimentario fue la fundación de ciudades donde el anonimato es un canto de sirena para el campesino y un caldo de cultivo para la violencia, que se exacerba con la desigualdad económica de las clases sociales (se tenga o no conciencia de ellas).
La RAE define el vocablo como “uso de la fuerza para
conseguir un fin, especialmente para dominar a alguien o imponer algo”. Tanto
en indoeuropeo wei como en griego bia su raíz declara un origen de “vida,
energía, fuerza vital”, lo que hace pensar que en principio no era un término
desdeñoso o peyorativo. Puede ser latente o expresa, individual o colectiva, física o psicológica, y
mostrarse a través de acciones y lenguajes pero también de silencios e
inacciones. En el caso de los dogmas religiosos hay una violencia feroz,
castrante, que anula la personalidad y la capacidad de tener criterios propios,
bajo la terrible amenaza del fuego eterno, que yo llamo “terrorismo religioso”.
La presencia de murallas en la ciudad
de Jericó allá por el V milenio nos delata una defensa de los excedentes
alimentarios y un nuevo papel del varón caudillo para defenderlos. La ley del
Talión del código de Hammurabi en Babilonia en el siglo XVIII adne. limita el
alcance de las venganzas para hacerlas proporcionadas, lo que hace pensar que
hasta entonces la violencia era mayor.
Las guerras, todo hay que decirlo, han
sido un estímulo para el avance tecnológico, como lo fue el teléfono, por
ejemplo. Schopenhauer llegó a decir que “en el amanecer de toda civilización
brilla una espada”. Los conflictos son sin duda motores de la evolución.
A las guerras modernas, que son totales
por cuanto obligan a implicarse a toda la población y convierte toda la
industria en una maquinaria de guerra, le ha sucedido el terrorismo sin ejércitos
convencionales, ni territorios que conquistar ni campos de batalla. Bombardear
los lugares donde anidan son palos de ciego que los refuerzan, una torpeza
añadida, gestos para significar que estamos “protegidos”.


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