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1. Instituciones que nos anclan en el pasado
La desigualdad social, consecuencia de la desigualdad económica que este Gobierno, consciente o inconscientemente, está persiguiendo desperadamente y sin ningún reparo, provocará una inmovilidad tal entre los distintos estamentos de la sociedad que bloqueará y paralizará cualquier intento de cambiar de clase. De este modo la oligocracia (el gobierno de unos pocos, los ricos) impedirá cualquier atisbo de meritocracia (gobierno por los más capaces). La consiguiente estratificación de las clases las convertirá irremisiblemente en castas. La nueva sociedad global, que se muestra descaradamente remisa a mezclarse con las clases inferiores, o incluso con los tradicionales sistemas de producción capitalista, se encontrará cómoda en esta fosilización social. Ahí vamos. A no ser que seamos capaces de evitarlo. Pero para eso no esperemos contar con este gobierno.
1. Instituciones que nos anclan en el pasado

Todo evoluciona (cambia) con el tiempo. Con esta simpleza me refiero a los rechazos de la ciudadanía que, si antes se dirigía contra las instancias políticas, religiosas y militares, ahora se centra contra las políticas, religiosas y judiciales, una vez que se han civilizado los militares. Lo cual significa que o bien los jueces estaban agazapados en el cuarto lugar o bien que su opacidad nos impedía saber de sus interioridades. Interioridades que se deterioran a medida que subimos en su escalafón. La aversión que siguen suscitando los políticos y los religiosos evidencia que los cambios han sido superficiales, de fachada, de libertades de expresión y votaciones, pero que no significan una verdadera evolución hacia la democracia. El concubinato de Iglesia/Gobierno censura la asignatura de Ciudadanía en puntos tan ideológicos como el “nacionalismo excluyente”, homosexualidad, economía de mercado…, porque el texto anterior pecaba de “adoctrinador” (!). La población no se siente identificada con estas instituciones. Los políticos, montados en la mentira permanente, y los obispos, en el parasitismo, no merecen ser aceptados por la mayoría ciudadana por más que, engañados, se les vote en las elecciones. La pareja Gobierno/Iglesia puede tener mucho que ver con este subdesarrollo democrático de España. No hay más que ver que la incultura democrática (y subsiguiente subdesarrollo económico) prima en los países mediterráneos (católicos) en contraste con los países nórdicos. Ya lo dijo Weber, el padre de la Sociología moderna. Quizá la democracia política (quizás, no, seguro) necesite una sociedad laica. El Sur somos la repera: expresivos, "humanos", solidarios, artistas, divertidos (je!...), quién va a querernos a nosotros más que nosotros mismos! Pero déjenme que, si bien no justifico a los del norte, al menos los entienda cuando nos menosprecian. Olemos a cirio y vestimos telarañas.
2. La incredibilidad de este Gobierno
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| (remolino/ombligo) |
Cuando el partido del actual gobierno pretendía y prometía que su simple llegada al poder implicaría la credibilidad ante los mercados financieros y consiguiente salida fulminante de la crisis, desplegó lo que sería su bandera fulgurante: su propia contradicción en la mentira permanente. Los inversores no son tontos. Pronto pudieron comprobar que este Gobierno era aún menos confiable que el anterior y su caída en el desprestigio lo ha colocado en un nivel de credibilidad inferior al que teníamos cuando accedieron a la Moncloa (basta constatar el nivel de la prisma de riesgo, que mide el temor del inversor). Sus hachazos peridianos (de Peridis) a las partes más vulnerables del cuerpo social repugnan hasta a los capitalistas. La falta de apoyo social que se vislumbra a corto plazo no permite vislumbrar cómo, mientras esta tropa (vaya tropa!) nos siga gobernando, cómo podremos salir de este círculo vicioso que nos hunde como un remolino sin una maldita tabla a la que agarrarnos.
3. La involución del Estado-cangrejo
La desigualdad social, consecuencia de la desigualdad económica que este Gobierno, consciente o inconscientemente, está persiguiendo desperadamente y sin ningún reparo, provocará una inmovilidad tal entre los distintos estamentos de la sociedad que bloqueará y paralizará cualquier intento de cambiar de clase. De este modo la oligocracia (el gobierno de unos pocos, los ricos) impedirá cualquier atisbo de meritocracia (gobierno por los más capaces). La consiguiente estratificación de las clases las convertirá irremisiblemente en castas. La nueva sociedad global, que se muestra descaradamente remisa a mezclarse con las clases inferiores, o incluso con los tradicionales sistemas de producción capitalista, se encontrará cómoda en esta fosilización social. Ahí vamos. A no ser que seamos capaces de evitarlo. Pero para eso no esperemos contar con este gobierno.

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