Para los animales en general el objetivo de sus vidas es comer y
reproducirse. Para el humano hay que añadir un tercero: emocionarse. Una vida
humana sin emociones no tiene sentido. Buscamos la emoción en el riesgo, en los
viajes, en las fiestas, en el deporte, en el sexo, en el juego, en el teatro…,
y en el encierro de los sanfermines. Envejecer no es cumplir años, es no desear
nuevas emociones. Emociones gratuitas, sin otro fin que ellas mismas, el de
emocionarse.
Por eso salimos de
Africa y llegamos a España, a Asia y a América, hasta la Patagonia; por eso
intentamos dominar a la Naturaleza con la magia y después con la ciencia; por
eso fantaseamos con la utopía y la inmortalidad; por eso inventamos las
murallas y las guerras; por eso escalamos del modo más difícil las montañas más
abruptas y nos hundimos en barrancos de donde tienen que sacarnos, vivos o
muertos, en helicópteros; por eso corremos delante de los toros por la calle de
la Estafeta. Porque queremos sentir la emoción en el borde del abismo y de la
muerte. Queremos vivir más intensamente tras habernos enfrentado con la Parca.
Saben del grave riesgo
que corren delante de los toros en Pamplona. Pero el placer de temblar de miedo
les atrapa cuando suena el chupinazo de salida. Saben que cada día hay varias
cogidas y que una de ellas puede ser para él. Pero ese miedo precisamente es el
que les impulsa a correr delante de los cuernos, para después del encierro sentirse
vivos y saber que se han librado de la muerte. Pero no por haber visto los
toros desde la barrera sino por haber sentido sus cuernos, el olor de su sudor
y el ardiente calor de sus bufidos que le quemaron los pies cuando al pasar junto a él le perdonaron la vida por esta vez.
A los que piensan
que esos riesgos son inútiles y absurdos, sabed que pueden ser su motivo de
vivir.




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