Basta con que uno haga loas de un tercero,
más aún si éste es un difunto, y aún más si su cuerpo todavía está caliente, y
que unos pocos más las confirmen en discursos públicos (aunque el interesado no
las mereciera en absoluto, incluso todo lo contrario), para que después la
muchedumbre se pronuncie en los mismos términos a pesar de que no sepan de qué
están hablando. La mayoría de la población no tiene criterios propios y acepta con
avidez, para hacerlos “suyos”, los
rumores de todo tipo, sobre todo si les llegan repetidos. Y claro, lo hacen
como los papagayos, con los mismos términos que han oído, como puede verse en
todas las declaraciones de miembros del PP. O en las lamentaciones populares
por la muerte de “la duquesa… de Sevilla”.
Eso
de fuera hacia adentro. En cuanto a nuestra percepción del entorno que nos
rodea, atribuimos nuestros gustos y experiencias a los demás proyectando en
ellos nuestros propios deseos. Hasta el punto de llegar a creer que es realidad
algo por el mero hecho de desear con fuerza que así sea (wishful thinking, que dicen en inglés).
Con
estos puntos de partida, adivina tú cómo es la realidad que te cuentan los
demás. Es natural que “el ladrón crea que todos son de su condición”, como lo
es también que los santos crean que todos los demás son buenas personas:
simplemente se están proyectando en los otros. Y así no me extraña que la orden
del general al coronel para que ataquen por el flanco derecho en las pruebas de
campo que están realizando, llegue a la tropa como “que dice el sargento que le
ha dicho el capitán que le ha dicho el comandante que le ha dicho el coronel
que le ha dicho el general… que hoy comemos paella”.

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