sábado, 29 de noviembre de 2014

969 (S 29/11/14) Rumores y leyendas

Basta con que uno haga loas de un tercero, más aún si éste es un difunto, y aún más si su cuerpo todavía está caliente, y que unos pocos más las confirmen en discursos públicos (aunque el interesado no las mereciera en absoluto, incluso todo lo contrario), para que después la muchedumbre se pronuncie en los mismos términos a pesar de que no sepan de qué están hablando. La mayoría de la población no tiene criterios propios y acepta con avidez, para hacerlos “suyos”,  los rumores de todo tipo, sobre todo si les llegan repetidos. Y claro, lo hacen como los papagayos, con los mismos términos que han oído, como puede verse en todas las declaraciones de miembros del PP. O en las lamentaciones populares por la muerte de “la duquesa… de Sevilla”.
         Eso de fuera hacia adentro. En cuanto a nuestra percepción del entorno que nos rodea, atribuimos nuestros gustos y experiencias a los demás proyectando en ellos nuestros propios deseos. Hasta el punto de llegar a creer que es realidad algo por el mero hecho de desear con fuerza que así sea (wishful thinking, que dicen en inglés).
         Con estos puntos de partida, adivina tú cómo es la realidad que te cuentan los demás. Es natural que “el ladrón crea que todos son de su condición”, como lo es también que los santos crean que todos los demás son buenas personas: simplemente se están proyectando en los otros. Y así no me extraña que la orden del general al coronel para que ataquen por el flanco derecho en las pruebas de campo que están realizando, llegue a la tropa como “que dice el sargento que le ha dicho el capitán que le ha dicho el comandante que le ha dicho el coronel que le ha dicho el general… que hoy comemos paella”.
         Es también el peligro de internet. 

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