Hasta de las crisis económicas.
Llevan razón cuando dicen que la situación económica va mejorando a
pasos agigantados (para ellos). Que el crecimiento económico es imparable e
irreversible (para ellos). Que aumentando nuestra competitividad (salarios
bajos, despidos libres…) incrementamos nuestras exportaciones con lo que
aumentan los beneficios (de ellos; beneficios que no revierten en nuevos
puestos de trabajo sino en tanto en cuanto aumenten aún más sus beneficios).
El 90% de la ciudadanía sabe que estamos peor cada día y que cada día
estaremos peor, contra el 2% que piensa que están mejor y que cada día estarán mejor
todavía, y ambos llevan razón. Cuando las cosas van bien, ellos ganan. Pero
cuando nos va mal, también ganan. Pues, depredadores natos, también son carroñeros,
y el paro y las demás desgracias son buenas para ellos pues abaratan la mano de
obra, o sea sus costos. Y con ello aumentan sus beneficios.
No olvidemos que se trata de la desigualdad, o
sea del reparto de la tarta. Por lo que cuanto peor nos vaya a la gran mayoría,
mejor les va a ellos, los pocos. Engordan con lo que nos roban. Y viceversa.
El efecto inevitable e inmediato de todo esto es una inseguridad jurídica
inducida, y también efecto, de la política de este gobierno. Un 18% de la
población laboral no apuesta un euro por su continuidad en su trabajo.
El
profesor José Antonio Gómez Yáñez dice sobre este tema que “la ciudadanía percibe
que este gobierno está abriendo paso a un nuevo modelo social que reduce niveles
de vida, extiende la inseguridad a la mayoría, incrementa la desigualdad,
bloquea el progreso generacional y no atina a definir una línea de progreso
para el país. Desde luego puede haber crecimiento con estas nuevas reglas si la
economía global tira (vía turismo, exportaciones, devaluación de los costes
salariales…) pero es difícil que los ciudadanos de a pie se beneficien de ello.”

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