Amor contra Libertad
“Para qué quiero la libertad
si estoy enamorada?” me hizo pegar un respingo cuando se lo oí a una muchacha
entrevistada por un reportero algo impertinente que la acusaba de cierto
sometimiento a su pareja. Independientemente de que el amor (más bien la pasión, que por su
propia naturaleza es efímera) esté bien definida como un estado de enajenación
mental transitorio, y de que el término “amor” haya sido tan manoseado por
intereses tan bastardos,. Sin embargo a nadie le amarga este dulce cuando te toca. Por cursi
y relamido que resulte para los demás, “yo a ti, también”, “cuelga tú primero”.
Pocas situaciones son tan intensamente dramáticas para
los “enamorados” como divertidas para los que los observan. Pero no se puede
hablar de enamoramiento si no se hacen locuras. Porque la pasión hace valiente
al cobarde, generoso al mezquino, deslumbrante al dormido. Pocos errores hay
como éste de los que con el tiempo podamos sentirnos tan ufanos y orgullosos.
La pasión requiere novedad, transparencia, sorpresa, y
una violencia lúdica-sexual. Los que no lo soportan (en los demás) urdieron el
“amor verdadero”, el “amor eterno”, para suplantarlo y asfixiarlo al exigir una
utopía, un absurdo, por cuanto la permanencia no cabe en su propio natural.
Cuántos sufrimientos penosos nos ahorraríamos si partiéramos de estas premisas.
Porque su “muerte”, final, o desfallecimiento, como todo lo que es natural no
debería perturbarnos si no cayéramos en la trampa de una enorme expectativa.
Y además es compatible con una nueva relación, o nueva
fase, en que la compañía, el cariño, o el proyecto común, hace innecesarias las
promesas, incluso las palabras. Con la tranquilidad consiguiente sin la cual no
se puede disfrutar de la vista del mar o de una puesta de sol simplemente
cogidos de la mano.




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