martes, 11 de junio de 2013

711 (M 11/6/13) Amor contra la libertad

Amor contra Libertad
“Para qué quiero la libertad si estoy enamorada?” me hizo pegar un respingo cuando se lo oí a una muchacha entrevistada por un reportero algo impertinente que la acusaba de cierto sometimiento a su pareja. Independientemente de que el amor (más bien la pasión, que por su propia naturaleza es efímera) esté bien definida como un estado de enajenación mental transitorio, y de que el término “amor” haya sido tan manoseado por intereses tan bastardos,. Sin embargo a nadie le amarga este dulce cuando te toca. Por cursi y relamido que resulte para los demás, “yo a ti, también”, “cuelga tú primero”.
            Pocas situaciones son tan intensamente dramáticas para los “enamorados” como divertidas para los que los observan. Pero no se puede hablar de enamoramiento si no se hacen locuras. Porque la pasión hace valiente al cobarde, generoso al mezquino, deslumbrante al dormido. Pocos errores hay como éste de los que con el tiempo podamos sentirnos tan ufanos y orgullosos.
            La pasión requiere novedad, transparencia, sorpresa, y una violencia lúdica-sexual. Los que no lo soportan (en los demás) urdieron el “amor verdadero”, el “amor eterno”, para suplantarlo y asfixiarlo al exigir una utopía, un absurdo, por cuanto la permanencia no cabe en su propio natural. Cuántos sufrimientos penosos nos ahorraríamos si partiéramos de estas premisas. Porque su “muerte”, final, o desfallecimiento, como todo lo que es natural no debería perturbarnos si no cayéramos en la trampa de una enorme expectativa.

            Y además es compatible con una nueva relación, o nueva fase, en que la compañía, el cariño, o el proyecto común, hace innecesarias las promesas, incluso las palabras. Con la tranquilidad consiguiente sin la cual no se puede disfrutar de la vista del mar o de una puesta de sol simplemente cogidos de la mano.












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