Bienaventurados los pobres…
…de
espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos, reza la primera
de las Bienaventuranzas.
Parece que les ha
dado a todos los cronistas del nuevo Papa por ensalzar su sencillez.
Y así recalcan que en Buenos Aires utilizaba el transporte publico o
que en Roma se pagó de su bolsillo el hotel. Pero los orígenes más
sencillos pueden tener los efectos más complejos.
En el maquiavélico
Vaticano “la ambición se reviste del ropaje de un total
desprendimiento”, asegura Lluis Bassets. Desde el silencio absoluto
y en las complejas escaleras que llevan a la cima del poder, sólo
llega quien convence de que renuncia a todo. “La envergadura del
cetro universal al que se aspira exige unas intensas ansias de poder,
de largo y profundo vuelo, así como una fuerte disposición al
sacrificio y la renuncia”. En las peleas por lograr la máxima
magistratura deberán acomodar sus manejos a la exigencia ceremonial
de una opacidad sin fisuras. Pues sólo desde el silencio más opaco
puede estallar el clamor de los fieles que le aclamarán después.
En el Vaticano, han sido, y son, insuperables en la soberbia escenografía de la sucesión en el poder, en la solemne pompa litúrgica, en su oscurantismo, en la emoción y clamor con que arrebatan la masa popular que contemplan extasiados el ceremonial. “La paradoja del poder eclesial está en que se despliega a la vez como cero y como absoluto”.
Yo no soy nadie, se repetirá una y otra vez al meditar en la hora de maitines, intentando ser sincero quien, sin ruborizarse, se prepara para ser investido del máximo poder. El aparato sabe que la masa rinde culto al líder que refuerza el liderazgo con la pompa, el ritual, el boato, por más que el ungido proclame que reniega de él. No se puede acceder al máximo poder sin haber practicado antes la pretendida apariencia del total desprendimiento, de la máxima pobreza, la más profunda humildad.
En el Vaticano, han sido, y son, insuperables en la soberbia escenografía de la sucesión en el poder, en la solemne pompa litúrgica, en su oscurantismo, en la emoción y clamor con que arrebatan la masa popular que contemplan extasiados el ceremonial. “La paradoja del poder eclesial está en que se despliega a la vez como cero y como absoluto”.
Yo no soy nadie, se repetirá una y otra vez al meditar en la hora de maitines, intentando ser sincero quien, sin ruborizarse, se prepara para ser investido del máximo poder. El aparato sabe que la masa rinde culto al líder que refuerza el liderazgo con la pompa, el ritual, el boato, por más que el ungido proclame que reniega de él. No se puede acceder al máximo poder sin haber practicado antes la pretendida apariencia del total desprendimiento, de la máxima pobreza, la más profunda humildad.
Bienaventurados
los pobres (de espíritu), sí, porque de ellos es (no será,
sino es) el Reino de los Cielos.


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