En la asignatura de Política Económica Paul
Samuelson me convenció de las bondades teóricas de las leyes del mercado que ya
marcara en su momento Adam Smith. Si serán maravillosas estas teorías, que en
ellas se demuestra que en un mercado perfecto, transparente, autoregulado y
competitivo, el beneficio de las empresas es (o tiende a ser) cero. El
argumento es que los sectores en que se gane dinero serán invadidos de
inmediato por empresas competidoras dentro del sector. Pero desgraciadamente la
Economía pertenece a las ciencias sociales donde la presencia humana hace sus
predicciones imprevisibles. Y además, en la práctica, los mercados
autoregulados del Homo Oeconomicus se
han traducido en explotación de los trabajadores (y antes, las colonias) y
desigualdades económicas y sociales. La oferta del servicio público en
exclusiva se demostró ilusoria con la caída de la URSS. En USA se impone la
actividad privada con una idiosincrasia social que sólo permite,
excepcionalmente, la pública cuando no caben otros remedios. En cuanto a
Europa, dicen los cínicos que las soluciones eclécticas toman lo malo de los
extremos y lo bueno de ninguno. Sin embargo, la solución ecléctica de la
social-democracia europea admite al mercado como generador de riqueza que,
mediante los impuestos convenientes, se redistribuye en el cuerpo social,
especialmente a través de la sanidad y enseñanza gratuitas, asistencia social,
etc.
Al
servicio público se le adjudican atributos tales como la universalidad,
igualdad, justicia social, redistribución de la riqueza e incluso un desarrollo
económico sostenible al aumentar el poder adquisitivo del trabajador-consumidor
lo que redunda automáticamente en mayores inversiones por parte del capital. En
resumen, su objetivo es la justicia social. Por contra, la fe en los dioses del
mercado autoregulado se traduce en acumulación del capital en pocas manos,
castas sociales, depresión de la actividad económica por falta de capacidad
adquisitiva de los trabajadores sobreexplotados y desigualdades
económico-sociales. En resumen, su objetivo es el beneficio personal (o
empresarial)
Dicho
lo cual, somos de la opinión que los servicios privados en competencia con los
públicos son convenientes, más aún necesarios, pues al competir entre ellos ayudan
a su eficacia permitiendo comparaciones que, de otro modo, no se podrían
realizar. El problema es la proporción entre ambos, dónde está el limite entre
la actuación pública y dónde el de la privada. No queremos ni servicios privados con Bneficiencia
pública, ni Servicios públicos sin permitir que nadie pueda acudir a instalaciones
privadas. Ahora bien, visto el desastre económico y social que produce la
externalización o privatización de los servicios, por la evidente codicia de
las empresas privadas, parece que, en casos de duda, por defecto debería
prevalecer el servicio público. Dicho de otro modo, que se admita la iniciativa
privada como complemento de la pública y siempre que sea claro que su presencia
no degrada la calidad de los servicios prestados.


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