martes, 19 de marzo de 2013

629 (M 19/3/13) Crisis del concepto de Servicio Público


En la asignatura de Política Económica Paul Samuelson me convenció de las bondades teóricas de las leyes del mercado que ya marcara en su momento Adam Smith. Si serán maravillosas estas teorías, que en ellas se demuestra que en un mercado perfecto, transparente, autoregulado y competitivo, el beneficio de las empresas es (o tiende a ser) cero. El argumento es que los sectores en que se gane dinero serán invadidos de inmediato por empresas competidoras dentro del sector. Pero desgraciadamente la Economía pertenece a las ciencias sociales donde la presencia humana hace sus predicciones imprevisibles. Y además, en la práctica, los mercados autoregulados del Homo Oeconomicus se han traducido en explotación de los trabajadores (y antes, las colonias) y desigualdades económicas y sociales. La oferta del servicio público en exclusiva se demostró ilusoria con la caída de la URSS. En USA se impone la actividad privada con una idiosincrasia social que sólo permite, excepcionalmente, la pública cuando no caben otros remedios. En cuanto a Europa, dicen los cínicos que las soluciones eclécticas toman lo malo de los extremos y lo bueno de ninguno. Sin embargo, la solución ecléctica de la social-democracia europea admite al mercado como generador de riqueza que, mediante los impuestos convenientes, se redistribuye en el cuerpo social, especialmente a través de la sanidad y enseñanza gratuitas, asistencia social, etc.
         Al servicio público se le adjudican atributos tales como la universalidad, igualdad, justicia social, redistribución de la riqueza e incluso un desarrollo económico sostenible al aumentar el poder adquisitivo del trabajador-consumidor lo que redunda automáticamente en mayores inversiones por parte del capital. En resumen, su objetivo es la justicia social. Por contra, la fe en los dioses del mercado autoregulado se traduce en acumulación del capital en pocas manos, castas sociales, depresión de la actividad económica por falta de capacidad adquisitiva de los trabajadores sobreexplotados y desigualdades económico-sociales. En resumen, su objetivo es el beneficio personal (o empresarial)
            Dicho lo cual, somos de la opinión que los servicios privados en competencia con los públicos son convenientes, más aún necesarios, pues al competir entre ellos ayudan a su eficacia permitiendo comparaciones que, de otro modo, no se podrían realizar. El problema es la proporción entre ambos, dónde está el limite entre la actuación pública y dónde el de la privada. No queremos ni servicios privados con Bneficiencia pública, ni Servicios públicos sin permitir que nadie pueda acudir a instalaciones privadas. Ahora bien, visto el desastre económico y social que produce la externalización o privatización de los servicios, por la evidente codicia de las empresas privadas, parece que, en casos de duda, por defecto debería prevalecer el servicio público. Dicho de otro modo, que se admita la iniciativa privada como complemento de la pública y siempre que sea claro que su presencia no degrada la calidad de los servicios prestados.

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