De
mortuis nihil nisi bene, de los muertos no conviene decir nada que no sea loable. Por
miedo a las posibles represalias que pudiera tomar el espíritu del muerto, siempre habría algún motivo, real o imaginario, para
querer vengarse, pero siempre como efecto del propio miedo. El
alquiler de las plañideras se hacía para convencer al espíritu del fallecido de que los que le sobrevivían le echaban de menos.
Todavía en Africa, y hasta hace relativamente poco en todas partes, el duelo por el difunto, junto con las libaciones, tenían por objeto aplacar la ira del fallecido para evitar su venganza. Los remordimientos de los familiares y amigos supervivientes harían aflorar el recuerdo de los males causados en vida al difunto, por nimios que fueran, magnificados ahora por el miedo. Sólo se evitarían los elogios a aquéllos que fueran rechazados por su colectivo y que merecieran que se borrara su memoria, delenda est memoria.
Rafael Catalá, ministro de Justicia, ha sentenciado que “cada uno tendrá sobre su conciencia las barbaridades que haya dicho sobre Barberá.” Peor será, en todo caso, las barbaridades que pudieran haber hecho con ella, como por ejemplo expulsarla de su propio grupo e ignorarla desde entonces como si no existiera, que no es otra cosa que la muerte civil. “Enormemente apenado (uy, qué penaaa...!), se hace muy duro esto”, declama de nuevo el falso Rajoy, temiendo quizás la venganza del espíritu de Rita. Con estas estupideces, el ministro y el presidente cumplen el mandamiento de ensalzarla aunque ellos en vida hubieran renegado de ella. Anatema sit.
Todavía en Africa, y hasta hace relativamente poco en todas partes, el duelo por el difunto, junto con las libaciones, tenían por objeto aplacar la ira del fallecido para evitar su venganza. Los remordimientos de los familiares y amigos supervivientes harían aflorar el recuerdo de los males causados en vida al difunto, por nimios que fueran, magnificados ahora por el miedo. Sólo se evitarían los elogios a aquéllos que fueran rechazados por su colectivo y que merecieran que se borrara su memoria, delenda est memoria.
Rafael Catalá, ministro de Justicia, ha sentenciado que “cada uno tendrá sobre su conciencia las barbaridades que haya dicho sobre Barberá.” Peor será, en todo caso, las barbaridades que pudieran haber hecho con ella, como por ejemplo expulsarla de su propio grupo e ignorarla desde entonces como si no existiera, que no es otra cosa que la muerte civil. “Enormemente apenado (uy, qué penaaa...!), se hace muy duro esto”, declama de nuevo el falso Rajoy, temiendo quizás la venganza del espíritu de Rita. Con estas estupideces, el ministro y el presidente cumplen el mandamiento de ensalzarla aunque ellos en vida hubieran renegado de ella. Anatema sit.
Sagrado es todo lo que toca con la muerte.
Lo sagrado es tabú porque puede contagiar a los que toquen el muerto. No se os
ocurra tocarme, es el aviso de Jesús resucitado a su madre y María Magdalena.
Por eso al día de los Difuntos, la celebración de la muerte de la Naturaleza en
el invierno que comenzaba el 1 de noviembre, se le añadió inmediatamente el día
de Todos los Santos, para colonizar esa intensa efemérides (la muerte de
Perséfone) cristianizándola, en un fallido intento de santificar lo sagrado,
que pertenecía a una cultura pagana.
Tuvieran motivos sobrados o no, es un hecho
que el PP la expulsó del partido al tiempo que la blindaba en el Senado por
razones que supongo inconfesables. Pero que ahora utilicen su cadáver, aún
caliente, para sacar rédito político y achacarle su muerte a una cacería de sus
adversarios políticos, es una muestra infame más de la naturaleza carroñera del
partido del gobierno.
La ex–alcaldesa por méritos propios de Valencia y senadora por temores ajenos habrá cometido errores, seguro, y también habrá hecho algo bueno, como todos (aunque unos más que otros), pero ahora lo que procede es respetar su ausencia. No hay necesidad de cebarse en su deceso. Tampoco de elogiarla, sin venir a cuento. Ni procede condenarla a borrar su memoria. Simplemente descanse en paz. R.I.P.
La ex–alcaldesa por méritos propios de Valencia y senadora por temores ajenos habrá cometido errores, seguro, y también habrá hecho algo bueno, como todos (aunque unos más que otros), pero ahora lo que procede es respetar su ausencia. No hay necesidad de cebarse en su deceso. Tampoco de elogiarla, sin venir a cuento. Ni procede condenarla a borrar su memoria. Simplemente descanse en paz. R.I.P.

Muy bueno.Felicidades.
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