En la entrada 1279 del 9/10/16 llamábamos la atención sobre el hecho de que todo el mundo se declara de un
modo u otro, abierta o encubiertamente, socialdemócrata. En ese post situábamos la socialdemocracia en
un espacio equidistante entre el socialismo y el liberalismo, entre la economía
de Estado planificada y el capitalismo, y la definíamos como un sistema de economía
de mercado “regulada” y redistributiva, que impulsa la creación de riqueza por
el mercado capitalista para su posterior redistribución social, esto es mediante
impuestos progresivos y servicios públicos (sanidad, educación, pensiones,
seguro de paro, renta mínima, asistencia social, etc.) que hagan de sueldo paralelo y complementario
para las clases más necesitadas. Nos faltaba, sin embargo, añadir un rasgo que
vamos a tratar aquí: la socialdemocracia se autodeclara representativa en el sentido de dar la palabra y la decisión a los
representantes (diputados) elegidos, sin necesidad de acudir a la masa
electoral (militante o ciudadana) para pedirle su opinión (que se supone que ya
le dieron a sus delegados la capacidad de opinar en lugar de ellos): una vez
que la masa electoral elige a sus representantes son éstos los que deben tener
la última palabra.
El
tema cobra actualidad con el conflicto en el PSOE donde el Secretario General
Pedro Sánchez fue defenestrado por querer consultar el NO A RAJOY a los
militantes en contra de la opinión de los barones (representantes) que se
irrogaban la facultad de decidir ABSTENERSE para evitar unas terceras
elecciones, aunque ello implicaba facilitar el acceso de Rajoy a formar nuevo gobierno,
sin encomendarse ni a dios ni al diablo, ni a la madre que los parió. Me
pronuncié en el sentido de darle a los representantes elegidos la capacidad de
decisión en las tareas diarias y rutinas cotidianas sin perjuicio de acudir a
la consulta de las bases (militantes solamente? también simpatizantes que votan
al partido sin formar parte de él?) en los temas suficientemente importantes (quién
decide si el tema es lo suficientemente importante, en eso no me pronuncié).
Pero en el caso que nos ocupaba había una divergencia importante entre la
opinión de los representantes y la posible opinión de las bases, y en tales supuestos
me incliné abiertamente por la necesidad de la consulta a los militantes.
Sospecho que los socialdemócratas de pro rechazan todo lo que suena a “asambleario”
por las connotaciones de este término con la práctica de toma de decisiones asamblearias
de la izquierda comunista, de la cual huyen como de la peste, pues sufren de urticaria
con sólo mentar la bicha. Pero una vez más el problema no es el tema mismo sino su
dosificación.

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