martes, 1 de noviembre de 2016

1295 (M 01/11/16) Hábitos familiares

Todo lo extraño, lo nuevo, se nos muestra como hostil por el riesgo que conlleva. De ahí que digamos, con razón, “hogar dulce hogar” cuando entramos en nuestra casa porque estamos familiarizados con ella, los cuadros y enseres están donde y como deben estar, y nada nos intimida porque conocemos todo y sabemos que no es peligroso. La familiaridad, pues, nos relaja y lo nuevo nos estresa.
      Los hábitos van por ahí. Una vez probado que algo no nos hace daño, tendemos a repetirlo para evitar perder el tiempo en probar algo nuevo. Que, además, puede ser peligroso. La experiencia nos enseña que vale la pena repetir lo conocido mejor que arriesgar con lo extraño, de ahí que con la edad se tienda a menos cambios. Cuando el hábito se enquista de modo que no podemos pasar sin él, se convierte en manía.
    Sin embargo, la comodidad de lo conocido no se lleva muy bien con la inquietud juvenil, que prefiere muchas veces conocer algo nuevo mejor que repetir lo conocido. Y esa sed de aventuras es propia de la especie humana que busca continuamente nuevas rutas y derroteros desde que salimos de Africa hace 50.000 años.
    Que a los mayores les gustan las zapatillas, el sillón y ver la tele? Que a los jóvenes les gusta el cambio, lo desconocido y la aventura? Bueno... Y para decir sólo eso escribo todo esto?

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