Todo lo extraño, lo nuevo, se nos muestra como
hostil por el riesgo que conlleva. De ahí que digamos, con razón, “hogar dulce
hogar” cuando entramos en nuestra casa porque estamos familiarizados con ella,
los cuadros y enseres están donde y como deben estar, y nada nos intimida porque
conocemos todo y sabemos que no es peligroso. La familiaridad, pues, nos relaja
y lo nuevo nos estresa.
Los
hábitos van por ahí. Una vez probado que algo no nos hace daño, tendemos a
repetirlo para evitar perder el tiempo en probar algo nuevo. Que, además, puede
ser peligroso. La experiencia nos enseña que vale la pena repetir lo conocido
mejor que arriesgar con lo extraño, de ahí que con la edad se tienda a menos
cambios. Cuando el hábito se enquista de modo que no podemos pasar sin él, se
convierte en manía.
Sin
embargo, la comodidad de lo conocido no se lleva muy bien con la inquietud
juvenil, que prefiere muchas veces conocer algo nuevo mejor que repetir lo
conocido. Y esa sed de aventuras es propia de la especie humana que busca
continuamente nuevas rutas y derroteros desde que salimos de Africa hace 50.000
años.
Que
a los mayores les gustan las zapatillas, el sillón y ver la tele? Que a los
jóvenes les gusta el cambio, lo desconocido y la aventura? Bueno... Y para decir sólo
eso escribo todo esto?


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