Los pactos de investidura y legislatura
son tan necesarios como difíciles cuando se negocian entre minorías. Las
dificultades se vuelven insalvables cuando algunos, no digamos todos, creen que
saldrán beneficiados con nuevas elecciones. Entonces hay que impedirlos a toda
costa pero de tal forma que parezca que son los demás los que los dificultan.
En la lucha por el poder no hay nada que los frene. Pero en la lucha por
el sillón, el cainismo dentro de los partidos alcanza cotas inimaginables. En
ellos hay que afilarse los colmillos para desgarrarse en carne viva. Después,
para no mostrar los morros sanguinolentos, y los dientes chorreando sangre, hay
que lavarse bien con Profidén y usar un enjuague bucal con sabor a fresa, limón
y menta.
En los partidos rígidos donde manda el que tiene que mandar, una orden
puede darse con una simple mirada. En los partidos más ingenuos o bisoños se
baten el cobre a guantazo limpio y puñaladas traperas que intentan explicar al
público atónito como muestras de democracia, transparencia y diversidad de los
elementos componentes. Algunos se retiran, más o menos dañados. Otros se revuelven
como gatos panza arriba y desgarran lo que pillan, a veces hasta a sí mismos.
Otros, antes de caer, arrastran a quien pueden para no irse de vacío.
El pánico los bloquea cuando se percatan de que, ante la probabilidad de repetir las elecciones, pueden tomar posesión del acta de diputado y verse sin escaño y expulsados de las listas dos meses después, como observa Soledad Gallego Díaz.
El pánico los bloquea cuando se percatan de que, ante la probabilidad de repetir las elecciones, pueden tomar posesión del acta de diputado y verse sin escaño y expulsados de las listas dos meses después, como observa Soledad Gallego Díaz.
El magnífico espectáculo de luz y sonido los deja en pelotas, en cueros
vivos, enseñando sus vergüenzas sin vergüenza alguna. Y luego exigen que se les
respete. Encima.

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