Xavier Vidal Folch las enumera como sigue:
De 6 semanas a tres meses. Donald Trump aseguró a su gabinete el 26 de marzo que la guerra se resolvería en “un plazo de 4 a 6 semanas”. Llega ahora al doble del máximo prometido: tres meses, doce semanas. Cálculo y objetivo temporal fracasados.
Derrota política. Las guerras se maceran en el campo de batalla; las victorias cristalizan en la mesa del acuerdo final. EEUU no ha podido convertir su abrumadora hegemonía militar (destrucción de la marina rival, dominio aéreo, bombardeos, rescate de sus pilotos derribados…) en triunfo político indubitable: un fiasco para la superpotencia mundial.
El objetivo, inalcanzado. El objetivo principal de la guerra (entre una recua de finalidades volátiles) era el derrocamiento del régimen de los ayatolás. Fue descabezado unos días. Ahí sigue. El segundo, desnuclearizar Irán, no parece probable que pudiera llegar a ser superior al obtenido por Barack Obama en 2015 (con europeos, chinos y rusos).
Fiasco contra China. La intención geopolítica subyacente a la agresión era cortocircuitar a China, secándole (tras Venezuela) el suministro de petróleo. China ha buscado transportes de conveniencia, reforzado la fuente rusa y otras escapatorias energéticas y consiguiendo salir sin apenas rasguños económicos y como superpotencia alternativa, a la que peregrinó Trump implorando mediación.
Agresión empantanada. En vez de desmoronarse merced a la agresión militar, la dictadura teocrática resistía. Así que Trump inició el 13 de abril el bloqueo naval militar de los accesos a los puertos iraníes. Porque “es más efectivo que los bombardeos”, dijo a su gabinete (29 de abril). Un mes después, el enemigo tampoco se desploma.
Declive del “transaccionismo”. Con Trump, el mundo multilateral se redujo a un sinfín de relaciones bilaterales, en las que la superpotencia debía salir siempre beneficiada por su mayor poder ante cada interlocutor y consiguiente regateo de subastero donde la sorpresa sustituye a la previsibilidad, la amenaza al consenso y la fuerza a la ley. Su abuso hiperbólico ha acabado en autocaricatura. La amenaza de destruir la antigua “civilización” persa, o la de llevar a Irán “de vuelta a la edad de piedra”, son sus hitos verbales más patéticos.
Orfandad de aliados. Trump se ha enajenado a los aliados europeos. Hasta el británico Keir Starmer y la ultra italiana Giorgi Meloni se negaron a participar en su guerra. Y el alemán Friedrich Merz denunció que Trump estaba “siendo humillado” por Irán (27 de abril). Los petroestados de los jeques árabes, sus compis de negocios, han sido más dañados que nadie por la guerra (iraníes, gazatíes y libaneses aparte), evidenciado la inanidad del pretendido paraguas protector estadounidense. Le queda el genocida Benjamin Netanyahu, pero ya no se sabe quién es títere de quién. O sí.
https://elpais.com/opinion/2026-05-31/las-siete-derrotas-de-donald-trump-en-iran.html



















