Raffaello, el más ilustre pintor del Renacimiento italiano (Urbino 14863-Roma 1520) se ha encarnado de nuevo en la Tierra. En un bar restaurante de Triana. Yo sé por qué: porque la Fornarina, la panadera Margherita Luzzi, su amante en Roma, la que le entregó su vientre a él, la musa a su arte y la cara a sus Vírgenes del Vaticano, se ha reencarnado a su vez en una trattoria en la calle de Virgen de Luján. El dueño de La Fornarina es el mismo que el de la pizzería del Trastévere. Mira que llamarlo Trastévere (al otro lado del río Tíber) cuando, estando en Sevilla, podría haberlo llamado Trasbétere (al otro lado del Betis).
(En
efecto el restaurante romano la Fornarina romana está en el
Trastévere. Allí sigue y yo lo sé porque he comido en él, pasando el Castillo
de Sant’Angelo. Se mantiene tal como era: un patio de 6 x 10 m aproximadamente
con el piso inclinado, macetas en las paredes y una decena de mesas para los
comensales.)
Raffaello, el pintor
renacentista del s. XV/XVI, ha debido reencarnarse en forma de pizza para
recuperar a su amada en el s. XXI. Antonio, el dueño de la Fornarina sevillana,
no es consciente de que Raffaello lo ha utilizado a él para revivir de nuevo.
Si quiere que su negocio prospere debería encomendarse al artista italiano en
lugar de a san Pancracio. Pero algo intuye Antonio cuando al fondo de la sala,
a la derecha, ha colgado un cuadro del Ponte Vecchio de Florencia, cuna del
Renacimiento.
Voy a sugerirle una idea: que para ganarse el favor del divino Raffaello,
cuyo nombre ha dado a su pizzería, anime a sus clientes a que vayan a la otra
pizzería, la de la Fornarina, y le diga a la hija del panadero que
el artista italiano sigue suspirando por su masa y su mozarella. Claro que si
los de la Fornarina hicieran lo mismo con sus clientes,
mandarlos a la pizzería Raffaello, es posible que terminaran
todos yéndose a comer la pizza al Trastévere o, lo que es
peor, a cualquiera de la competencia en la calle Salado en el Trasbétere.
Por mi parte, la
otra noche compré una pizza en cada sitio, una en la Fornarina y
la otra en Raffaello, me las llevé a casa, aún calentitas, y allí
se me cayeron al suelo, fundiéndose, espachurrándose, la una contra la otra. Al
separarlas, la masa, el tomate, el champignon y demás se habían colocado de
manera que formaban la figura de una cara nítida de una joven doncella que
inmediatamente supe de quién era. Ingerí la mezcolanza con devoción como si de
un tótem se tratara y al día siguiente dejó de dolerme la úlcera de estómago.
¿Milagro? Más de un incrédulo pensará que le estoy tomando el pelo. Le reto a que
lo pruebe. La mezcla de las dos pizzas yo no sé si hará milagros, pero en mi
caso puedo asegurar, y aseguro, que fue un afrodisíaco.
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