Como en todas partes, allí también cuecen habas. Pero la imagen
que da el Bocazas maldito y su séquito que los preside, no es un reflejo de la
sociedad civil. Aquí van cuatro anécdotas, reales, que nos cuenta Marina Perezagua, de vuelta con nosotros tras 25 años de residencia en EE.UU, principalmente
en Queens de Nueva York:
1. En 2022, acababa de dar a luz y vivía en Astoria, Queens. Una mañana, al salir a la calle, vi algo que no he olvidado: mujeres sentadas en las puertas de sus edificios, algunas con sillas plegables, otras de pie, ofreciendo amamantar a los bebés de otras mujeres. No era una iniciativa organizada ni una campaña. Era una respuesta inmediata a una necesidad concreta. No había discursos. Solo el contagio de los cuerpos que decían: si tú no puedes, yo puedo ahora. Aquello me conmovió no por su excepcionalidad sino por su naturalidad. Nadie parecía pensar que estaba haciendo algo extraordinario. La comunidad había entendido que el cuidado no necesita burocracia.
2. En los colegios públicos de Nueva York existen protocolos claros para no colaborar con los agentes de inmigración y para proteger a los niños ante intentos de identificación o detención. En muchos colegios ya tienen un protocolo para esconderlos en caso de que necesidad. No es una ley federal; es una decisión ética local.
3. Mujeres nacidas en Estados Unidos, de militancias políticas muy dispares, comparten avisos en tiempo real: “Ahora hay agentes del ICE en tal calle”; “evitad esta zona”; “no llevéis hoy a los niños por aquí”. No hay consignas ni pancartas. Hay logística del cuidado: la maternidad como forma elemental de alianza, una política previa a cualquier ideología, en la que el color de la piel o el estatus migratorio de un menor no importa.
4. Otra escena, también en Astoria: Un día, en un autobús urbano, un hombre sin hogar intentó subir. Olía mal. Tenía el dinero en la mano. El conductor le negó el acceso por su olor. El hombre suplicó. No gritó. No insultó. Simplemente pidió subir. Nadie dijo nada. Y, sin embargo, ocurrió algo que todavía hoy me parece una de las lecciones políticas más claras que he presenciado: uno a uno, todos los pasajeros se levantaron y se bajaron del autobús. No hubo aplausos ni proclamas. Solo un gesto colectivo, silencioso, irreversible. El autobús quedó vacío. Eso también es política.

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