sábado, 31 de enero de 2026

2751 (S 31/1/2026) Terraplanismos y otras paparruchadas

Mira que estamos rodeados de cosas y de gentes raras. Un ornitólogo australiano trata de demostrar que hay una especie de ave que silba canciones populares de los años veinte. Luc Montagnier, que ganó el Nobel por identificar el VIH, creía en la memoria del agua y recomendaba comer papaya contra el párkinson. Y un loco que circula por ahí, con toda la alcurnia y prestancia que le otorga (o debería otorgarle) su posición de presidente de gobierno de un país de cuyo nombre no quiero acordarme, recomendaba atacar el covid mediante ingesta de lejía.
        En muchas universidades de los EE.UU se prohíbe citar a Darwin y su doctrina evolucionista como hereje de la ciencia de toda la vida. Hasta que llegó Copérnico el Sol giraba alrededor de la Tierra, y no al revés, lo cual se demostraba porque Yahvé mandó al Astro que se parara para ayudar los israelitas a ganar una batalla en Jericó, creo recordar, alargando las horas del día. No extraña por tanto que aún haya terraplanistas que no aceptan ponernos boca abajo porque siempre estamos de pie.
        Mariló Montero, la presentadora de televisión que añadió una morcilla genial tratando de los hipotéticos trasplantes de cerebros, se preguntaba por las consecuencias que pudieran tener en el que recibiera el órgano los recuerdos, las experiencias y los amores de los donantes. O el mismo Djokovic, tenista nº 1 del mundo en tiempos de récord de permanencia, que piensa, y lo dice, que un mal estado de ánimo puede contagiarse a los alimentos, acabando con sus propiedades nutritivas.
            Creemos en todo a pies juntillas solo porque tienen un Nobel (pues yo conocí a uno, un tal Mario Vargas Llosa, que al salir de la proyección de un film mío en el festival de cine de San Sebastián, despotricó contra el autor de la película que acababa de ver, sin conocerme). Y el mismo Newton se confiaba a las cartas.
       Pero anda que los esotéricos… Los astrólogos de Babilonia (caldeos: charlatanes, era el nombre que les daban los griegos), elevaron a los dioses al nivel de las constelaciones. Y de ahí que si la confluencia de los astros, los horóscopos, las cartas, el tarot, las energías que nos rodean… Habéis leído algo de H.P. Lovecraft? La frenología es la pseudociencia que cree que la estructura craneal dice mucho de los individuos.
            Pero por añadir que no falte, ahí mismo tenemos la virgen-madre María que quedó embarazada de Jesús por una paloma; que en la hostia consagrada se encarna el mismo Jesucristo en cuerpo, sangre, alma y divinidad (y todo real, nada de virtual), y sigue y sigue y sigue… Tan absurdo todo (¿para poner a prueba la sumisión abyecta por la fe de los creyentes?) que Tertuliano llegó a decir que la fe necesita del absurdo: Credo quia absurdum. 

  ¿Cómo explicar los motivos para tales aberraciones?: ¿quizás por miedo a la soledad de la que queremos escapar perteneciendo a algo más grande? ¿por cotilleo global, quizás con un afán de encontrar más allá (escatología significa algo del más allá, la ultratumba, tanto como excrementos) lo que aquí no comprendemos?

Poniéndolos así juntos lo primero que salta a la vista es que tales ideas se sustentan en una falta de cultura de lo más elemental, una inteligencia emocional supina y una carencia de autocrítica y de ideas propias por parte de los que las pregonan (y padecen). Y digo que las padecen porque son mentes manipulables.
Sergio C. Fanjul culmina su relato sugiriendo que quizás todo esto se deba a que hemos perdido el sentido del humor. O no será más bien todo lo contrario?

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