Hítler, Mao, Perón, Chávez…, personajes
autoritarios en distintos grados y contextos, son difíciles de olvidar por su
gente al haber arraigado en sus pueblos mediante sentimientos y emociones
irracionales, con una fe y dependencia infantil bajo su embrujo. Momias vivientes mientras gobernaban, quizás por simple coherencia todos fueron momificados tras su muerte, como harán con Chávez ahora también. Momia eres y en momia te conservarás. Los
venezolanos, en palabras de la mexicana Alma Guillermoprieto, “no han perdido
un presidente, un político, un líder, sino más bien un padre, un salvador, un
protector del huérfano que vive asustado dentro de todos nosotros”, rememorando
el Padre Super-Yo freudiano. Hugo Chávez, en la opinión de Moisés Naim, una oportunidad perdida.

A su muerte deja una pésima herencia a los venezolanos con uno de los
mayores déficits del mundo, la mayor tasa de inflación, divisa devaluada, el
crecimiento más rápido de la deuda, ocupando los últimos lugares en el ranking
de países atractivos para inversiones extranjeras. Lo cual compensa ocupando
los primeros lugares en la lista de países más corruptos y violentos del mundo.
Hay menos pobres, sí, pero los “suyos”, que eran ricos, se han hecho mucho más
ricos todavía. Y lo que es peor, una población mentalmente castrada que tardará cierto tiempo en reaccionar.
Siempre se me notaba que el bufón venezolano Chávez me caía mal. Sus sobreactuaciones histéricas y su manipulación de los medios (sobre todo la
televisión), remedando a su maestro Fidel, me ponían mal cuerpo. Una vez
elegido, cambiaba la Constitución a su capricho para debilitar los controles
del Gobierno. Sin embargo, debo corregir mis comentarios admitiendo que redujo
la pobreza a la mitad (dicen), duplicó el número de universitarios, y sus
alardes histriónicos, tan rechazables desde Europa, podían ser acordes con la
idiosincrasia de su cultura y del pueblo que lo votaba.

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