1. Llámalo de otra manera
(y cambiarás la realidad)
(y cambiarás la realidad)Crisis de valores. Nada menos que los derechos humanos los estamos mandando al carajo. Con la excusa de defenderse del terrorismo, después de la tragedia de las Torres Gemelas, el gobierno de los EEUU ha emprendido y tomado una serie de medidas que, rayando en el despropósito, vulneran los derechos fundamentales y el sentido común. Con ello pretenden que un fin necesario (la lucha y defensa contra el terrorismo) justifique medios perversos, con la consecuente inmoralidad. Y así, incomodan hasta la irritación a los ciudadanos con escáneres en trenes y aeropuertos, donde pueden obligarte a desnudarte si la lucha antiterrorista lo requiere, torturan sin control en Guantánamo o Abu Ghraib, asesinan a inocentes con total impunidad, agreden a otros países con el eufemismo de “guerras preventivas” o matan a civiles como inevitables “daños colaterales”. Al cambiar los nombres cambian la realidad. Los aviones militares no tripulados han lanzado misiles que han alcanzado su objetivo en los casos de Anwar el Awlaqui y Samir Khan, sin que a nadie se le haya ocurrido incoar el debido proceso. El Senado acaba de aprobar que cualquier sospechoso de antiterrorismo pueda ser detenido indefinidamente por autoridades militares. Todo esto le hace decir a J.G.Tokatlian que hemos entrado en la era de “la postlegalidad donde el acoso a la democracia nos está llevando al ocaso de la democracia”.
2. Si Casandra hubiera sido economista
Casandra rechazó al dios Apolo que la cortejaba y, en castigo, a partir de entonces podría predecir el futuro con total clarividencia y sin margen de error, pero con la frustración de que nunca nadie la creería. Con los economistas de hoy ocurre todo lo contrario, que auguran y predicen todo, todos les creemos y no aciertan ni una. ¿Se imaginan si Casandra hubiera sido economista? Habría predicho todo con pleno conocimiento de causa y nadie la habríamos creído. Y ¿qué habría ocurrido entonces? Pues quizás…, quizás la crisis de las narices, que se ha alimentado del miedo, habría quedado resuelta sin haber llegado a plantearse, pues no nos habríamos percatado de ella. Claro que entonces Casandra habría errado en su augurio, lo que contradiría el supuesto del cual partimos. Así que mejor lo dejamos por ahora. Hay años que uno se levanta espeso.
3. Absolutamente inocente
Los adjetivos superlativos, o que intentan reforzar un aserto, o que sencillamente enfatizan innecesariamente algo, no consiguen sino debilitar lo que se dice o se argumenta. Por ejemplo, si una ventana tiene un cierre hermético, significa que no le pasa aire. Pero si le añadimos un “muy”, muy hermético, ello implica que puede estar más o menos hermético, o sea que algo de aire sí que le entra. Con lo que el refuerzo del “muy” se vuelve en contra de lo que se pretende. Eso pasa con Camps en su proceso judicial en Valencia cuando se declara no inocente, sino absolutamente inocente, lo que hace dudar de su convicción sobre su inocencia. Esto da pie a una editorial de El País que describe el juicio con “un olor a desprecio de lo público, halagos huecos, conversaciones untuosas y, sobre todo, connivencia vergonzante con la trama” Gürtel. Camps no sólo se dejó comprar por unos trajes, sino que impregnó su gestión pública de ineficacia y corrupción como lo muestra el escándalo de Emarsa (depuración de aguas), las cuentas públicas de la Generalitat al borde del bono basura o el desastre de las instituciones financieras como la CAM. Por no hablar de sus implicaciones con el tema general de la financiación de su partido. ¿Y por qué los medios insisten en llamar al caso “los trajes de Camps” cuando lo que se ventila es mucho más gordo? Aquí sí que habría que decir “llámalo de otra manera”.


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